Motivos para relacionarse

Está, ante todo, la unión sexual que se establece entre un hombre y una mujer en el matrimonio; vínculo que, si es como Dios manda, dura hasta la muerte. Fruto entre hombre y mujer son los hijos, que, con los padres y, eventualmente otros parientes, forman la familia. Aquí el fundamento de la relación es […]

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Está, ante todo, la unión sexual que se establece entre un hombre y una mujer en el matrimonio; vínculo que, si es como Dios manda, dura hasta la muerte. Fruto entre hombre y mujer son los hijos, que, con los padres y, eventualmente otros parientes, forman la familia. Aquí el fundamento de la relación es la consanguinidad o sangre común.

Tenemos los grupos de amigos, nucleados por un algo que les atrae mutuamente, y que llamamos afinidad; otro modo de relacionarse. También la proximidad que supone el ser vecinos o de un mismo país, por ejemplo, estimula la fácil comprensión y la conformación de grupos y su relación.

Los intereses comunes de quienes, es el caso, integran una empresa, son base para que se reúnan frecuentemente, se acepten y juntos lleven adelante un proyecto común.

Estos motivos, reconocidos por todo el mundo, constituyen los fundamentos en los que se asienta la mayor parte de las relaciones humanas, buenas y santas, que hay que promover decididamente; pues, por nuestra condición de pecadores, o sea, de seres egoístas, estamos expuestos a los malos entendidos, rupturas y hasta lamentables hostilidades, incluso dentro de la misma familia.

De ahí también la conveniencia y, aún más, la necesidad de que estas relaciones se fundamenten, en última instancia, sobre la fe, sin desestimar el valor que todo lo humano tiene indudablemente. Ese fundamento lo establece Jesús y es el Padre: todos hijos suyos, todos hermanos. Como observa el Padre Larrañaga, “aquellos que experimentaron vivamente que Dios es mi Padre, experimentarán también que el prójimo que está al lado es mi hermano. Más allá de la carne, el espíritu”.

Primero, pues, la experiencia de que Dios es el Padre de todos. Nuestro autor sintetiza así la de Jesús, en su condición de hombre, en todo igual a nosotros menos en el pecado: “Poco a poco, Jesús, dejándose llevar por los impulsos de intimidad y de ternura con su Padre, llegó a sentir progresivamente algo inconfundible: que Dios es como padre muy querido; que el padre no es primeramente justicia sino misericordia; que el primer mandamiento no consiste en amar al Padre sino en dejarse amar por él… La intimidad entre Jesús y el Padre fue avanzando mucho más lejos. Y cuando la confianza de Jesús para con su Padre perdió fronteras y controles, un día (no sé si era de noche) salió de la boca de Jesús la palabra de máxima emotividad e intimidad: ¡Abbá, querido Papá!”.

Lamentablemente, no siempre se nos presenta en la familia y catequesis un Dios así, como sí lo hace Jesús y su Evangelio. A ellos hay que volver una y otra vez para adquirir esa imagen de Padre bueno que nos ayude a convivir con los demás como buenos hermanos. Sigo otro día, Dios mediante.