
Hurgando entre un sinfín de términos, algunos conocidos desde siempre y otros no tanto, he decidido que tengo una nueva palabra que se ha convertido en mi favorita y que espero me acompañe a lo largo de mi segunda mitad de vida. Me refiero a la resilencia, de la cual no se hablaba antaño y que en tiempos recientes ha alcanzado un lugar especial en muchas de las conferencias a las que he asistido últimamente y en varios libros que he podido leer.
En pocas palabras, la resilencia se define como la capacidad que tiene una persona para recuperarse frente a la adversidad o una situación crítica y seguir proyectándose a futuro. Ello se logra echando mano de las capacidades que tal vez desconocíamos tener y que ante el evento que nos atropella inmisericorde afloran y nos permiten sobreponernos a los obstáculos, presiones y dificultades.
Pero no termina allí; el concepto de resilencia incluye también la transformación positiva de la persona que ha aprovechado el descubrimiento de sus propias esferas y fuerzas en medio de cualquiera de estos embates que en algún momento nos toca atravesar.
¿Por qué decidí ser resilente? Sencillamente porque tenemos dos opciones: la primera, por demás muy triste, dejarnos abatir por la circunstancia – que eventualmente pasará, pues nada dura para siempre; y la segunda, armar de nuevo “el muñequito”, ver al espejo esa nueva “raya que tiene el tigre”, analizar la forma en que le sonreiremos a la vida y continuar nuestro camino como personas más experimentadas y ojalá con un poco más de sabiduría.
No pretendo ni pensar siquiera que estas adversidades no me afectarán en el futuro ni lo hacen hoy. Sencillamente, es un cambio de actitud salido del alma y que busca encontrar la oportunidad en medio de la dificultad. Oportunidad de conocer un poco más sobre mí misma; oportunidad de lanzarme a conquistar mis sueños sin temores; oportunidad de amar con locura a quienes así lo merezcan; oportunidad de no negarme la oportunidad – valga la redundancia – de vivir a plenitud cada instante que se me regala.
Como mi nueva palabra encierra tantas cosas positivas en medio de un mundo tan complejo y a veces cargado de negatividad, quise compartirla con usted pues sería egoísta de mi parte guardarme semejante postre sin compartirlo.
“La vida no es un problema para ser resuelto, es un misterio para ser vivido”, dijo un autor anónimo; yo decidí asumir esta frase como mía y hacer limonada de cualquier limón que me entregue la vida.
Un abrazo.