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Miguel Ángel Rodríguez
Expresidente de la República
Cumplí el pasado 23 de agosto con mi deber de atender la convocatoria de la Asamblea General de mi partido Unidad Social Cristiana.
Me proponía intervenir, como lo hice, para dar apoyo a que nuestro partido buscara alianzas electorales para las elecciones municipales de 2028 y nacionales de 2030. Eso representaba una nueva oportunidad para una posición que vengo propiciando desde 2018.
Al inicio de la sesión me llevé una enorme sorpresa cuando oí leer una moción presentada por un gran número de asambleístas para reconocer el grave error y la injusticia cometida en 2004 por el PUSC cuando me expulsó, y para ofrecerme disculpas por el agravio.
Oír sorprendido esa moción y recibir el prolongado aplauso de pie de los asambleístas me conmovió profundamente. A la par de una profunda gratitud por el inesperado homenaje y desagravio sacudieron mi alma los duros recuerdos de aquellos crueles días de 2004.
Espontáneamente compartí con las amigas y amigos asambleístas las diferentes emociones que me embargaban.
Mi temprana participación en los partidos que dieron origen posterior al PUSC, cuando con solo 16 años participé activamente en la campaña para elegir a Mario Echandi como candidato presidencial de la oposición al PLN.
Aquello fue el inicio de una participación que llega hasta nuestros días.
Mi permanente adhesión a las filas de estos partidos, sufriendo derrotas y celebrando victorias, participando en sus luchas por la libertad y dignidad de todas las personas, por la solidaridad y la fraternidad en la acción pública, por la institucionalidad democrática liberal, por la economía social de mercado, por el orden en las finanzas públicas y la eficiencia del estado y de los mercados, por la participación y la descentralización, a la par de la subsidiariedad.
También la angustia, la incredulidad y el dolor de las acciones del PUSC en ese 2004 que en esos momentos se tornaron muy cercanos.
La verdad es que la acción de mi partido fue increíble.
El jueves 30 de setiembre de ese año un delincuente confesó sus acciones dolosas y para lograr quedarse con mucho dinero, no ir ni un día a prisión y ser tratado por el Ministerio Público con guantes de seda sin nunca sufrir la ignominia de la perrera, en contubernio con la fiscalía me involucró en lo que luego fueron varias y contradictorias declaraciones.
Al día siguiente -sin siquiera convocar a ningún órgano partidario- los más altos dirigentes de mi partido, sin siquiera oírme, declararon a la prensa que había sido expulsado del PUSC. El presidente Pacheco a quien yo había traído al partido, incluido en la papeleta presidencial de 1994 como candidato a la vicepresidencia y como diputado en 1998 pedía mi renuncia a la OEA y declaraba que no me volvería a saludar.
Y el siguiente día de sesiones de la Asamblea Legislativa el lunes 4 de octubre los diputados de mi partido votaron pidiendo mi renuncia de la OEA, con la excepción de solo Olman Vargas de Pérez Zeledón, Mario Calderón de Alajuela, Iliana Salas de San Ramón, a quienes se unió el entonces diputado independiente por San José Juan José Vargas que ahora honra al PUSC con su membresía. Para ellos cuatro mi gratitud es imperecedera.
Esa semana se reunió el Comité de Ética y con el voto en contra de su presidente el exmagistrado Jorge Rojas y de Carlos Atillón decretaron mi expulsión, ya días después de que para ganar méritos a mi costa y sin derecho a hacerlo ya los dirigentes lo habían anunciado.
Por eso no pude dejar de expresar en esa Asamblea mis sentimientos, no de odio ni de rencor, pero sí de dolor y señalé: “La ignominia que me hizo mi partido no tiene nombre. Yo, por mi parte, nunca usé el partido para defenderme, fui a los tribunales solo a dar la cara, nunca llamé a nadie para que me acompañara. Nunca puse el partido a sufrir por lo que yo estaba pasando”.
Mi querida amiga y hermana del alma Rina Contreras hizo a la Asamblea una explicación de la moción y cuando me acerqué a agradecérselo me informó que había sido una linda iniciativa de Juan Carlos Hidalgo, quien la había consultado con Mariano Guardia, con Betsy Rojas, Agustín Castro y con ella, y que solo esa mañana se lo habían dicho a los muchos asambleístas que firmaron la propuesta.
Terminé esa memorable mañana señalando: “Por eso recibo con gratitud la disculpa, el partido estaba muy en deuda. Me duele en el alma que Lorena no esté acá. Ojalá que nuestra memoria histórica nunca se pierda. Ojalá que nos acordemos de dónde venimos, porque si uno no sabe de dónde viene, no sabe dónde va”.