
Tuvo que pasar mucho tiempo para que nuestra sociedad se percatara de los efectos benéficos de la sexualidad, tanto en el plano personal como en la vida de pareja. Hoy entendemos que una de las funciones de la vida sexual es limar asperezas. Cuando nos queremos, cuando nos deseamos, cuando nos tenemos hambre, somos más indulgentes, menos críticos, menos severos, menos estrictos, más tolerantes, más comprensivos con las faltas y errores de la pareja en el diario vivir.
Esa es la función estelar del acto sexual en la cotidianidad: hacer más fácil el convivio. El problema surge cuando uno de los dos miembros de la pareja no disfruta los encuentros íntimos. Cuando el placer pasa de lejos, cuando la gratificación no es compartida, en cuestión de tiempo el sexo, en vez de ser un deleite, se convierte en una carga.
En esas circunstancias, la sexualidad se vuelve “un estira y encoje”. El que lo disfruta quiere siempre más, pero el que no lo disfruta nunca quiere, o accede a tener relaciones en el nombre del amor, más por complacer que por el deleite. Así, el sexo va perdiendo su propio significado, deja de ser una razón más para estar juntos y se vuelve un agobio para quien no lo disfruta.
Con el tiempo, toda iniciativa sexual es vista como una necedad. Ese deseo siempre presente, que diariamente toca las puertas del amor, que otros valoran e interpretan como un signo de amor, como una señal de que la llama de la pasión se mantiene viva, que la atracción perdura y crece, es considerado una majadería.
Para aquellos que no entienden la belleza del deseo, la importancia del sexo en la pareja, lo loable de que las parejas cultiven esa sana lujuria, esa cualidad tan anhelada por tantas y tantas parejas, resulta simplemente una mal venida contingencia.
Desde luego, el desconcierto y el desaliento corren en ambos sentidos. El que tiene ese arduo deseo de estar con su pareja y cada día enfrenta excusas, peros y pretextos comienza a albergar un enorme vacío emocional. No se siente amado y, peor aún, no se siente comprendido. Ese rechazo constante, disimulado o abierto suele ser muy peligroso para el vínculo: puede amenazar la continuidad de la relación o hacer más proclive el advenimiento de una o mil infidelidades.
En algunos casos el rechazo va más allá, pasa la raya, se excede en valoraciones y entra en la categoría del desprecio desmedido. Se enarbolan epítetos que agravian y basurean a la pareja, como enfermo, pervertido, maniático, degenerado, los cuales agreden en el plano personal y distancian más a la pareja.
Esto puede suceder a cualquier miembro de la pareja: a veces es él, a veces es ella. Se debe entender lo nocivo de esta problemática para la estabilidad del vínculo, así como la importancia de buscar ayuda profesional.
Con los avances de que dispone la ciencia, no hay motivo para separarse por un problema sexual. No hay cabida tan siquiera para una discusión, un altercado o un disgusto. Hoy es posible solucionarlo. Solo es cuestión de consultar, para poner fin a una situación tan delicada.