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El 14 de octubre de 2026 el Poder Ejecutivo inauguró el Centro de Alta Contención contra el Crimen Organizado (Cacco), con capacidad para unas 5100 personas privadas de libertad e inspirado en el Cecot de El Salvador. Su apertura fue presentada con bombos y platillos como símbolo de lucha contra el crimen organizado e, incluso, como una celebración nacional.
Pero conviene preguntarnos: ¿qué estamos celebrando realmente?
Como seres humanos que nos consideramos racionales y civilizados, la construcción de una cárcel no debería ser motivo de júbilo. Es cierto que esta puede responder a una necesidad concreta, como enfrentar el hacinamiento; sin embargo, esa no parece ser la razón de tal celebración. No se festeja la creación de espacios más dignos ni mejores condiciones de vida para quienes están segregados. Lo que se exalta es, precisamente, un modelo de alta contención que profundiza la cárcel como institución total y acentúa la aflicción, el aislamiento y la dureza propios del encierro.
Aquí subyace la verdadera contradicción: se celebra como progreso aquello que, en realidad, evidencia un fracaso previo. El fracaso del Estado, que no logró prevenir; el de las políticas públicas, que no llegaron a tiempo; pero, además, el de la pena de cárcel, que fue incapaz de disuadir la comisión de nuevos delitos.
Debe recordarse, una vez más, que la seguridad no se construye solo con muros, barrotes y cámaras, sino también con educación, oportunidades y, en general, políticas preventivas integrales. Por eso debemos preguntarnos: ¿qué tipo de sociedad queremos ser y dónde queremos colocar nuestros recursos y prioridades?
No olvidemos que quien hoy está tras una reja no deja de ser padre, madre, hijo, hermano, vecino o ciudadano. En la mayoría de los casos, esas puertas volverán a abrirse. Si durante años degradamos, aislamos y fortalecemos la cultura carcelaria, no deberíamos sorprendernos si luego recibimos más violencia.
Repitamos: la resocialización no es ingenuidad frente al delito; es también una política de seguridad.
Es cierto que el Estado debe ser más fuerte que las organizaciones criminales, pero esa superioridad debe ejercerse sin abusar de ella y dentro del marco de la legalidad.
Como recordó Nelson Mandela: “Nadie conoce verdaderamente una nación hasta que ha estado dentro de sus cárceles. Una nación no debe ser juzgada por cómo trata a sus ciudadanos más elevados, sino a los más humildes”.