Me quedé sin trabajo y sin sexo

En general no tenemos la verdadera dimensión de lo que puede representar un despido. De manera ilusa muchas personas creen que es algo transitorio hasta se toman una especie de vacaciones o descanso antes de buscar un nuevo trabajo mientras cómodamente reflexionan sobre los aspectos negativos del antiguo empleo, y esperan, del próximo, mejores condiciones. […]

En general no tenemos la verdadera dimensión de lo que puede representar un despido. De manera ilusa muchas personas creen que es algo transitorio hasta se toman una especie de vacaciones o descanso antes de buscar un nuevo trabajo mientras cómodamente reflexionan sobre los aspectos negativos del antiguo empleo, y esperan, del próximo, mejores condiciones.

La verdadera dinámica del desempleo se gesta gradualmente, cuando con cada solicitud y ante cada currículum enviado se van coleccionando rechazos y negativas. Al inicio, se cree que es cuestión de tiempo, pero conforme pasan los días comienzan a reinar la incertidumbre, el desasosiego y una sensación de fracaso.

El aspecto económico va marcando el apremio. Cuando los ahorros bajan de manera considerable; cada gasto enciende las alarmas y la tarea de encontrar trabajo ocupa el marco de la conciencia y acapara el foco de atención de mañana, tarde y noche. 

Pronto se hace conciencia de que esta es una circunstancia colectiva que le está pasando a muchos y, por ende, será difícil conseguir trabajo. Se recurre a opciones desesperadas, como bajar las pretensiones salariales, estar dispuesto a laborar en un puesto menos calificado y hasta “trabajar en lo que sea”.

Como se entenderá, la angustia aumenta cuando ni siquiera así se consigue un empleo. Los ahorros de la mayoría no alcanzan para cubrir un periodo largo sin ingresos y muchos se ven obligados a recurrir a medidas extremas, como reducir gastos, irse a vivir con los padres y hasta endeudarse para mantenerse a flote.

La tensión generada estará en íntima relación a las obligaciones económicas. Si hay hijos, préstamos que pagar, pensiones alimentarias o compromisos económicos adquiridos; la presión se vuelve mayúscula. En ocasiones hay atenuantes: una pareja con ingresos estables o padres, familiares o allegados económicamente holgados que están dispuestos a ayudar de forma solidaria y desinteresada.

Al principio, la procesión va por dentro. Para no alarmar a la pareja, ni al resto de la familia, se disimula la aprehensión, se hacen comentarios esperanzadores, se le resta importancia o gravedad a la situación, aun cuando internamente la preocupación acecha. Sin embargo, es cuestión de tiempo para que el problema se refleje en el estado de ánimo, ya sea por una tristeza solapada o por una irritabilidad contestaría, que dificultan la interacción cotidiana, sobre todo con la pareja y, en segunda instancia, con los hijos.

De igual manera la autoestima sufre un menoscabo, se manejan ideas como “no sirvo para nada”, “soy un inútil”, “soy un mantenido”, sin entender que el desempleo es causado por los gobiernos corruptos e incapaces de darle a la población formas dignas de ganarse “el pan nuestro de cada día”.

Para muchos, esta dinámica se vuelve de nunca acabar. El ansiado empleo no surge, provocando situaciones críticas. Otros consiguen puestos menos calificados y esto obliga a cambiar el nivel de vida. Aquellos que logran nuevamente posicionarse, pasarán un tiempo mientras se ponen al día con las deudas contraídas.

Las repercusiones sexuales también florecen y las parejas se dan cuenta que no hay ánimo para disfrutar como antes, pero también comprenden que necesitan recuperarse, darse afecto, porque las necesidades afectivas son mayores. Es ahí donde la pareja debe decir presente y recordar el compromiso sagrado: “estamos juntos en las buenas y en las malas”.