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La Santísima Virgen María desde el momento en que atendió la voluntad de Dios, su vida se convirtió en camino hacia los demás. Apenas recibió el anuncio del ángel, se pone en camino hacia la casa de Isabel. En Belén, el niño Jesús es mostrado a los pastores. En Caná, María descubre una necesidad que otros todavía no han advertido y dijo: «Hagan lo que Él les diga». Y en el Calvario permanece junto a Jesús cuando casi todos se han marchado.
María nos enseña que la fe no es algo que recibimos para conservarlo únicamente en la intimidad. Quien ha encontrado verdaderamente a Cristo termina, de alguna manera, llevándolo a otros.
Así, entendemos que somos llamados a cultivar el espíritu misionero y la misión, no solo recorriendo grandes distancias geográficas; sino tomando en cuenta que hay fronteras que comienzan muy cerca de nosotros: la soledad de una persona, el dolor de una familia, un joven que ha perdido la esperanza, un enfermo que necesita compañía, alguien que se siente excluido o una persona cuya dignidad no está siendo reconocida. Se trata de un corazón lleno del celo misionero, que mira primero la necesidad del que está al lado; siendo muchas veces su propia familia.
María no tuvo respuestas para cada sufrimiento humano; pero supo estar ahí, escuchar, acompañar, interceder y, sobre todo, llevar a Jesús. Tal vez nuestra misión pueda comenzar precisamente allí; aprendiendo a estar presentes en la vida de los demás y haciendo visible, con nuestros gestos, la cercanía de Dios. La mejor palabra con el testimonio será la presencia generosa.
En Francia, el papa dijo a los peregrinos: «No se irán de Lourdes tal y como llegaron: se marcharán como misioneros de la esperanza» (León XIV, Lourdes, 27 de septiembre de 2026). Porque nuestra única y definitiva esperanza es el Señor que lo transforma todo por la fuerza de su amor. Nadie puede llevar a otros el Mensaje cristiano, si su corazón está vacío de ese amor, y de horas de conversación con el Señor.
Lo dicho en Lourdes puede decirse de todo verdadero encuentro con María. Nos acercamos a ella con nuestras preocupaciones, heridas y tristezas; pero no podemos marcharnos igual. Ella nos da confianza por su ejemplo de disponibilidad y decisión.
Incluso quienes están postrados en sus lechos de enfermos, pueden ofrecer al Señor su dolor y enfermedad por las misiones católicas. Así, un enfermo consciente del valor de ofrecer su sufrimiento se puede constituir en enfermo misionero.
Vayamos tras los pasos de María que no se guarda al Señor para sí, sino que lo ofrece al mundo. Precisamente, esa sigue siendo nuestra misión de hoy y de siempre.
María nos lleva a Cristo y Cristo nos envía al encuentro de los demás; por tanto, sintámonos directamente enviados a vivir esa vocación.