
La conmemoración del Día de la Madre suele estar marcada por homenajes, regalos y palabras de reconocimiento. Sin embargo, se dan situaciones invisibilizadas como: el trabajo doméstico y de cuidados que realizan principalmente las mujeres tiene un enorme valor económico y resulta indispensable para que la sociedad funcione.
En Costa Rica, el trabajo doméstico y de cuidado no remunerado alcanzó en 2022 un valor agregado de ¢9,8 billones, equivalente al 21,4% del Producto Interno Bruto (PIB). De acuerdo con estos datos, se trata de la actividad económica con mayor valor agregado dentro del marco extendido de las cuentas nacionales.
La cifra permite dimensionar algo que durante décadas ha permanecido en la penumbra: nutrir, alimentar, acompañar, educar y sostener a las familias, son expresiones de amor o sacrificio y constituyen un aporte social y económico fundamental.
Pero el costo de esta desigual distribución también se refleja en el tiempo. La Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo del INEC (2022) señala que las mujeres dedican, en promedio, 32 horas semanales al trabajo doméstico y de cuidados no remunerados, mientras los hombres destinan 15 horas. Es decir, ellas asumen más del doble de estas labores, lo que representa aproximadamente dos jornadas laborales adicionales cada semana.
Esta situación genera lo que se conoce como “pobreza de tiempo”: menos oportunidades para descansar, cuidar de sí mismas, estudiar, participar en la sociedad o acceder a un empleo remunerado. En consecuencia, las desigualdades en el cuidado también contribuyen a reproducir brechas económicas y sociales.
La vivencia de la maternidad se construye desde diferentes realidades e historias de vida. Madres jefas de hogar, adolescentes, cuidadoras de personas con discapacidad o adultas mayores, migrantes, indígenas, afrodescendientes, rurales y trabajadoras remuneradas y no remuneradas, enfrentan en condiciones desiguales un doble rol , en el cual se delega el cuido, formación y protección del núcleo familiar.
Por eso, reconocer a las madres trasciende el homenaje simbólico. Si el cuidado sostiene la vida y hace posible el funcionamiento de la economía, también debe asumirse como una responsabilidad colectiva.
El Estado, las instituciones, las comunidades, las empresas, las familias y, especialmente, los hombres, tienen un papel fundamental en redistribuir estas tareas, fortalecer los sistemas de cuidado y promover una verdadera conciliación entre la vida laboral y familiar.
Desde el Trabajo Social, entendemos que el cuidado debe verse como un bien público y un derecho colectivo. El verdadero reconocimiento a las madres implica construir condiciones que permitan compartir las responsabilidades, garantizar sus derechos y reducir las desigualdades que todavía recaen sobre quienes, muchas veces, en silencio y sin remuneración, sostienen la vida.