
Una mujer de 38 años, madre de tres menores, relató a Diario Extra lo difícil que resulta vivir en una cuartería. Prefirió mantener su identidad en reserva, pero explicó que habita allí porque es uno de los pocos lugares donde le permiten tener a sus hijos y por el costo económico que representa.
Cada mañana sale a las calles con una bolsa llena de snack. No tiene horario fijo ni un punto estable para vender, solo la certeza de que, si no logra reunir lo suficiente, no podrá pagar el cuarto donde vive con sus tres hijos.
Paga ¢100.000 cada quincena, lo que equivale a unos ¢6.600 por día, por una habitación en una cuartería que opera bajo la fachada de hotel en el centro de San José. Ese monto le garantiza un espacio con dos camas, un colchón adicional, baño compartido y acceso a una cocina común donde puede preparar los alimentos y guardar lo básico en una refrigeradora compartida.
“Todos los días tengo que salir a vender para poder pagar el cuarto y darles de comer a mis niños”, explicó.
Tiene tres hijos: uno de 13 años, otro de 11 y la menor de 3. Los dos mayores estudian, como exige la ley costarricense, mientras que la pequeña permanece con ella porque no ha logrado conseguir un cupo en una guardería.
Sin un trabajo estable, depende del día, del clima y del ánimo de quienes se crucen en su camino. “Hay semanas buenas, como las de quincena, cuando la gente tiene plata y me colabora. Pero hay otras en las que cuesta mucho. Y si no logro vender, no hay cómo pagar el cuarto”, relató.
Aunque el “hotel” le brinda cierta seguridad, el espacio es reducido y carece de privacidad. “Ahí todo es en el mismo cuarto: la cama, los niños, la ropa. No es cómodo, pero es lo que se puede pagar”, dice.
Ha intentado alquilar una casa pequeña o un apartamento, pero los precios la alejan: “Me piden ¢200.000 o más, y además no me lo quieren alquilar porque tengo tres hijos. Dicen que son muchos”.
Vivir al día se ha vuelto su rutina. Divide los productos para cada jornada, se organiza para que los niños asistan a clases y calcula lo que necesita vender para cubrir al menos los ¢6.600 diarios del techo que los resguarda.
“Uno se acuesta pensando en el día siguiente, en cómo va a hacer para que no los saquen del cuarto. Pero hay que seguir, porque ellos dependen de mí”.
Como esta familia así viven al menos 11 mil personas en el centro de la capital, según explicó Marcelo Solano director de la Policía Municipal en reportaje anterior. Quien además detalló que las cuarterías no son todas iguales y que requieren un abordaje diferenciado según su origen y condiciones.
En San José hay unas 400 cuarterías, según registros del Comité Municipal de Emergencias, el Ministerio de Salud y el Cuerpo de Bomberos. A nivel nacional podrían superar las 2.700.
Solano explica la diferencia que existen en los cuatro tipos estructuras que operan en la capital y clara que no todas son utilizadas para cometer delitos, sino por necesidad económica.
Esta familia según lo explicado por el jefe policial estaría viviendo en “Hoteles o pensiones reconvertidos”, la que consiste en edificios que externamente se presentan como hoteles, pero carecen de licencia del ICT y de condiciones mínimas. Por dentro son “posilgas” que alojan a personas vulnerables.
Estructuralmente son edificios de varios pisos en el centro de San José que mantienen rótulo de hotel, pero operan sin control.



