Lucha color rosa

Patricia luchó 10 años contra el cáncer. Era una esposa abnegada, con 23 años de estar al lado de su esposo, madre de 3 hijos.  Una vecina querida y una mujer ejemplar. Alegre y paciente.  Su vida se transformó cuando el médico le dijo en un consultorio frío y diminuto, que un cáncer invadía su […]

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Patricia luchó 10 años contra el cáncer. Era una esposa abnegada, con 23 años de estar al lado de su esposo, madre de 3 hijos.  Una vecina querida y una mujer ejemplar. Alegre y paciente. 

Su vida se transformó cuando el médico le dijo en un consultorio frío y diminuto, que un cáncer invadía su cuerpo. De inmediato comenzó el tratamiento médico: pastillas, exámenes, internamiento. 

A su lado un hombre inquebrantable, o al menos así simulaba ser para darle fuerzas. Lucharon juntos, se amaron y lloraron. Vino la quimioterapia, la radioterapia y al final la mastectomía. 

La hora de su muerte fue inevitable en un salón del Hospital San Juan de Dios. Su lucha por sobrevivir acabó y su cuerpo rendido cedió. 

Esta es apenas una historia de tantas que se escriben en las familias con parientes enfermos de cáncer, pero además es de las pocas que muestran respeto y entereza al tratarse de una mujer que pierde sus senos a causa de la enfermedad. 

Alrededor de 1.000 mujeres al año reciben la noticia de que tienen cáncer de seno. Para al menos 400 de ellas la posibilidad de curarse es imposible. La falta de cuidados preventivos hace que el diagnóstico llegue demasiado tarde y cuando el médico les da la noticia lo único que queda es ofrecerles la mejor calidad de vida posible mientras les llega el final.

Otras tienen mejor “suerte”, pero al darse cuenta de su nuevo estado, este se convierte en una sentencia de muerte, pese al alto porcentaje de probabilidades de salir airosas del nuevo reto que les presenta la vida. En muchas ocasiones pierden uno o ambos senos, lo que para muchas féminas significa la pérdida de aquello que visualmente las convierte en mujeres.

Tal vez no hay números para explicar la situación, sin embargo, las víctimas y sus médicos son los fieles testigos del abandono que sufren muchas de las pacientes. 

Es recurrente ver a mujeres que comenzaron el proceso médico acompañadas por sus parejas y al cabo de cierto tiempo las visitas a los centros de salud se hacen solo personales, sin compañía, sin esposo, sin el amigo, sin el padre de los hijos y el abuelo de los nietos. 

Tampoco hay estadísticas del sufrimiento y el deterioro que causa en las mujeres ese abandono que va más allá de las diferencias de pareja habituales, pues en medio de su lucha el acompañamiento familiar es vital, podría marcar la diferencia entre la vida y la muerte. 

Sí, es difícil e incomprensible para una mujer que sus senos le sean arrebatados, pues algunos aseguran que son la máxima expresión de la feminidad y la sensualidad. 

No dejan de tener razón en parte, no obstante, sin senos sí hay paraíso y sobre todo vida digna. Las mujeres que afrontan tan duros procesos comprenden en su fortaleza, pues son valientes y ejemplares, que esta parte de su cuerpo no determinará nunca su ímpetu y valor, jamás su papel como madre, esposa y profesional. 

Es una realidad bastante dura, es un mal que golpea a nuestras mujeres. El padecimiento es la segunda causa de fallecimientos a nivel nacional, tan solo superada por las cardiopatías. 

En la población femenina, el cáncer de seno es la principal causante de los decesos. Pese a las campañas de prevención, las estadísticas muestran una realidad que urge mejorar. 

En lo que va del 2017 más de mil mujeres ya fueron diagnosticadas con cáncer, con la posibilidad de que al menos 250 mueran pese a los tratamientos médicos. 

Costa Rica lleva años tratando de disminuir el efecto, luchando contra el enemigo que ciega la vida de cientos en un abrir y cerrar de ojos. 

Octubre es el mes de la lucha contra el cáncer de seno, empresas privadas e instituciones públicas unen esfuerzos para hacer un llamado más de atención a este sector de la población. 

Se organizan carreras, caminatas, seminarios, campañas y ferias de salud con el claro objetivo de invitar a las mujeres y sus familias para que conozcan con detalle cómo prevenir el padecimiento, pero también cómo emprender la batalla tras el diagnóstico positivo. 

Pero somos las mujeres quienes tenemos el sartén por el mango y podemos sin duda alguna dar un giro de 180 grados a este panorama sombrío. Basta con sacar unos 10 minutos para practicarnos el autoexamen. 

No es complicado, es rápido y marcará en una buena parte de los casos la diferencia entre la salud y la enfermedad. Las mujeres somos perseverantes y emprendedoras, podemos con esmero cambiar las estadísticas si actuamos a tiempo y de forma responsable.        

Recuerde que esos minutos le darán la posibilidad de compartir más con sus seres queridos. 

Unamos esfuerzos, seamos conscientes y responsables en un tema que requiere atención pues consume la vida de muchas de nuestras mujeres ahora desde temprana edad.