Los jóvenes: El presente

Mons. José Rafael Quirós Arzobispo Metropolitano de San José

La tristeza invadió a los norteamericanos.

La expresión: “los jóvenes son el futuro” tiene como propósito general transmitir esperanza en una nueva generación. Sin embargo, encierra un riesgo que pocas veces advertimos: puede llevarnos a pensar que su verdadero momento todavía no ha llegado.

Pero el Evangelio nunca presenta a los jóvenes como una promesa aplazada. Dios no llama únicamente cuando alguien acumula años, experiencia o prestigio. Llama cuando encuentra un corazón dispuesto. Así ocurrió con tantos hombres y mujeres de la historia de la salvación que, siendo jóvenes, asumieron responsabilidades decisivas para su pueblo.

Basta recorrer algunos pasajes bíblicos: Dios llamó al joven Samuel cuando apenas aprendía a servir en el templo (1 Sm 3); escogió a David siendo el menor de sus hermanos para conducir a Israel (1 Sm 16); confió al joven Jeremías la misión de anunciar su palabra cuando él mismo se excusaba diciendo: «¡Soy demasiado joven!» (Jer 1, 6-8), y recibió el «sí» de una doncella de Nazaret, María, para que, con su respuesta libre, comenzara la historia de la Encarnación (Lc 1,26-38).

A los doce años nuestro Señor Jesús dialogaba con los maestros en el templo, dejando entrever que su vida estaba orientada por la voluntad del Padre (Lc 2, 41-52).

Y cuando inició su vida pública, alrededor de los treinta años (Lc 3, 23), una edad considerada todavía joven para asumir una misión de semejante magnitud, comenzó una transformación espiritual y cultural que cambiaría para siempre la historia de la humanidad.

San Pablo exhortaba a Timoteo: «Que nadie te menosprecie por ser joven; al contrario, sé ejemplo para los creyentes» (1 Tim 4, 12). La vida de fe nunca ha dependido de la edad, sino de la fidelidad al llamado de Dios.

Los jóvenes, por tanto, no son una Iglesia en construcción; son Iglesia. No son creyentes de segunda categoría ni cristianos en período de prueba. Desde su bautismo participan plenamente de la misión evangelizadora y poseen dones que ninguna otra generación puede ofrecer de la misma manera.

Han crecido en una cultura marcada por la inmediatez, la hiperconectividad, con abundancia de información, incertidumbre y profundas preguntas sobre el sentido de la vida, la justicia social, la responsabilidad con el cuidado de los pobres y alta sensibilidad de protección a toda creatura. 

De ahí deriva el desarrollo de su creatividad; la actitud contestataria ante la injusticia; facilidad para generar redes; apertura a nuevas formas de comunicación y una notable capacidad de adaptación.

El mejor ejemplo lo encontramos en el primer santo milenial, Carlos Acutis, cibernauta evangelizador e “influencer de Dios”.

Quizá ha llegado el momento de acentuar la frase: los jóvenes son el presente desde el cual Dios sigue renovando su tarea evangelizadora y transformando nuestra sociedad.  Y cuanto antes aprendamos a escuchar, confiar y a caminar con ellos, más esperanzador será también el futuro que juntos construiremos.