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Todos hemos oído el dicho de que todos somos iguales pero que hay unos más iguales que otros. Lo mismo aplicaría para cuando alguien es menos igual. El concepto se las trae pues la igualdad es un rasero que pasa muy lentamente, pero pasa. Una vez que se le activa las situaciones que parecían tan normales comienzan por hacernos ver diferencias a las que no nos queda más remedio que reconsiderar. Por ejemplo, una campaña reciente en el metro de Madrid les hace ver a los hombres que ir despatarrado incomoda a la persona que va a su lado. ¿Me siguen? Parecía de lo más normal que un hombre llegue al transporte público y tome algo más del espacio previsto para su persona simplemente porque puede. Alguien dijo, hmm, esto me incomoda y voy a decirlo. También debemos asumir que quien lo dijo lo dijo de forma tal que se hizo escuchar con atención, se consideró seriamente su incomodidad y finalmente su idea devino en toda una campaña. Este es su espacio, no tome el mío. El concepto de igualdad debe asegurar incluso que no se tome más espacio del permitido en el transporte público.
Sí, ya sé. Esta era fácil. Hay situaciones mucho más complejas y en las que inciden muchas más valoraciones. No solo se deben reconsiderar tradiciones y costumbres ancestrales, sino que además los argumentos son llevados por gente a quienes se consideran iluminados, digamos un político de confianza, un pastor o un arzobispo. Caramba, si hasta el mismo padre lo ha dicho en misa debe ser porque es cierto. Todo debe quedar como está porque así es como es y no se debe aflojar.
Eso de la igualdad no da para tanto. ¿Cómo así? Yo no puedo ser igual a esas personas. Yo enseño a mis hijos a ser hombres y mujeres y de repente no. Diay, así no se puede. Tiene que haber un freno. Hay gente que no, como que no es igual y hay que mantenerlos al margen. Que hagan sus cosas por allá donde yo no los vea y ya, que se tranquilicen. Yo sé que existen pero no me gusta que anden por ahí de la mano. Es que no son iguales. Ah, ahí está la palabreja de vuelta. No son iguales y quieren que se les trate igual. No se puede así. Esto no es libertad, siempre dice algún genio, es libertinaje. Palma en la frente, ojos en blanco de parte de quienes, conociendo mejor las cosas, escuchan semejante salida. Pero lo cierto es que poco a poco la discusión ya no la detiene nadie, el rasero de la igualdad viene por allá, lentamente, y a su paso todo se reacomodará. Este es su espacio, no tome el mío, ¿vieron? Exactamente igual que en el metro de Madrid.
Ahora se vino otra, porque la igualdad da para mucho. Y eso es lo bonito de todo esto. La igualdad tiene un par de hermanillas que son la mar de complicadas: Equidad e inclusión. Ah, pero ¿va a seguir? Ja ja ja. No, hombre, es que esto no se acaba. Nada más vea. Vamos a ver si puedo explicarlo: Mauricio no está cómodo. Nunca lo estuvo. Sabemos que no es un capricho de un día. Mauricio se siente mejor como Penélope. Comenzó a dibujar a Penélope desde niño porque era lo mejor que podía hacer de sí mismo. Yo sé, yo sé, yo sé. Usted es Juan Carlos y no se le ha ocurrido ser otra cosa, pero espérese, ese es usted. Mauricio va a ser Penélope, quiera usted o no, ¿me sigue? Sí, lo oigo. Lo entiendo. El tema no le hace gracia y ya casi es hora del partido. Pero hay cosas que Mauricio necesita aunque usted no. A usted se le ayuda en lo suyo, ¿no? En el banco, y en el trabajo y en el Ebais. Que no compare, pero Juan Carlos, usted nos ha salido carísimo con todos esos accidentes en moto. A usted lo han armado ya tres veces, ¿me sigue? ¿Qué tal si alguien dice que no lo atendamos otra vez porque ya es mucho armar y armar a Juan Carlos? No se puede, ¿verdad?
Pues a Penélope le pasa lo mismo, y alguien tiene que ayudarla. Ja ja ja. Pero no se enoje, Juan Carlos, no lo estoy comparando. Ya se fue de un portazo.