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El período que sigue al anuncio de que los cónyuges y/o pareja conviviente se van a separar es difícil para las personas menores de edad.
Desde mi experiencia en el derecho de familia, a la gran mayoría de los pequeños no les parece que sus padres se separen, aunque algunas veces hayan presenciado discusiones y peleas entre ellos.
Otros se sorprenden y presentan un síndrome del tipo: “esto no me puede estar pasando a mí”.
Algunos se muestran ansiosos y asustados sobre lo que les pasará y piensan que su vida ya no tiene futuro.
También se enojan con sus padres, aparte de sentirse tristes, deprimidos y de mal humor. Además, se encuentran atrapados entre sus papás y se ven envueltos en un conflicto de lealtades.
Todos los niños guardan la secreta esperanza de que sus padres se lleguen a reconciliar y algunos hacen esfuerzos desesperados para intentar que vuelvan a vivir juntos.
El niño, al quedarse con su madre, corre el riesgo de tomar un rol femenino; la ausencia del papá, influye para que él se comporte como lo desea la mamá.
Las niñas corren otros riesgos, puede repetir en su vida de adolescente y adulta ser abandonada por el marido o tener dificultades al relacionarse con los hombres.
Los abuelos, parientes cercanos y a veces hasta amigos, cuando intervienen en ayuda hacia la unión del hogar, en ocasiones lo que hacen es empeorar estas relaciones.
Según la edad en la que se encuentran los niños, la ruptura del vínculo matrimonial de los padres les puede afectar. Así, en resumen puedo hablar de tres etapas principales:
1.- Edad Preescolar: Ambos padres tienen una especial importancia para el pequeño, ya que ellos en el hogar, forman su primer mundo de relaciones interpersonales.
Los niños a esta edad están en el proceso de conectarse con sus objetos de identificación y la ausencia del padre, quien comúnmente se va del hogar ya que la custodia la tiene la madre, puede ser muy crítica, como efecto del desarrollo de la personalidad del pequeño en cuanto a su identificación masculina.
El niño puede sentir más los problemas familiares cuando asiste a la escuela, porque oye comentarios acerca de los papás de otros compañeros, los cuales sí viven juntos.
2.- Edad Escolar: Como resultado del vínculo matrimonial, el niño toma una actitud desconfiada para evitar nuevas separaciones y prefiere no contar con nadie, esto trae como consecuencia malas relaciones con sus demás compañeros escolares.
Presentan depresión ante el divorcio o separación de sus padres. Rechazan la escuela y se aíslan de sus demás compañeros de aula escolar. Viven el divorcio como una humillación y sienten vergüenza, reforzado esto por la crítica social a la que el pequeño se ve sometido.
3.- Adolescente: Lucha por una independencia de sus progenitores, pero a su vez no desea dejar de ser niño y seguir siendo protegido por ellos.
Se va a cuestionar todo y tardará un tiempo en formarse como adulto. Necesita de una familia aunque demuestre lo contrario y, si en esta etapa se da el divorcio, su crisis de identidad puede ser más difícil.
Los padres que ponen al hijo en contra del otro provocan que se sienta en medio de ellos teniendo que escoger finalmente. Aunque hay algunos que prefieren separarse del problema y no darle la razón a ninguno.
En otro orden de ideas, independientemente de la edad que tengan los hijos ante la separación de sus padres, surgen los temas relacionados a custodia, derecho de visitas y pago de pensión alimentaria.
El niño no está capacitado para legalmente decidir su porvenir, por eso los adultos asumen esta responsabilidad de decisión en coordinación con el juez familiar.
Como se sabe, el objetivo de la custodia es el de proteger a la persona, pero precisamente este hecho se vuelve el punto de discordia más fuerte entre la pareja, debido a que casi nunca se ponen de acuerdo.
Es así como el niño se convierte en un juego emocional, en el cual lo manejan y lo pelean como si fuera objeto de victoria o derrota, convirtiéndolo a su vez, en instrumento de agresividad.
Es frecuente que la persona que tiene la custodia, convierta al niño en enemigo del otro, hablándole mal de él ( ella ) y culpándolo ( a ) de su fracaso, por lo que impide las visitas y por eso, en su gran mayoría el niño no quiere ver a su otro progenitor que está ausente del hogar.
Para mejor comprensión, les recomiendo leer de DIARIO EXTRA, edición del 14 de junio 2014: “Visitas a hijos no se condiciona con pago de la pensión alimentaria”. Y, de fecha 26 de julio 2014: “Efectos psicológicos y sociales de la infidelidad en los cónyuges en los hijos”.
*Exjuez de la República