Lo desconocido

El título completo sería así: “Lo desconocido en nosotros y la angustia”. A propósito, Jesús afirma: “No les tengáis miedo, pues no hay nada encubierto que no haya de ser descubierto, ni oculto que no haya de saberse. Lo que yo os digo en la oscuridad decidlo vosotros a la luz; y lo que oís […]

Fecha de publicación:

Fecha de modificación:

El título completo sería así: “Lo desconocido en nosotros y la angustia”. A propósito, Jesús afirma: “No les tengáis miedo, pues no hay nada encubierto que no haya de ser descubierto, ni oculto que no haya de saberse. Lo que yo os digo en la oscuridad decidlo vosotros a la luz; y lo que oís al oído proclamadlo desde los tejados” (Mateo 10,26-27). Jesús se refiere a las situaciones en que se hallarán sus discípulos a la hora de predicar el Evangelio en medio de las dificultades. Ahora bien, nada nos impide el aplicarnos el texto del Evangelio a nuestros propios miedos ante lo desconocido que se oculta en nuestro interior, especialmente cuanto creemos que es malo y que, no obstante, hay que abordar para superar la angustia.

Siguiendo con nuestra interpretación, Jesús propone, a tal efecto, la siguiente terapia: “Lo que en ti está oculto se revelará de un modo o de otro”. En consecuencia, no hay que tratar de esconderlo, Dios mismo se encargará de revelarlo a cada quien y a los otros, pues para Él todo está al descubierto: “Si digo: que me cubra la tiniebla, que la noche me rodee como un ceñidor, no es tenebrosa la tiniebla para ti y la noche es luminosa como el día. Porque tú has formado mis riñones, me has tejido en el vientre de mi madre; te doy gracias por tantas maravillas; prodigio soy, prodigio de tus obras” (Salmo 139,11-14).

Así, pues, Dios nos conoce por dentro, y se complace en algo hecho por Él, algo maravilloso. Lo oscuro y malo que puedo percibir en mí, es claro y bueno para Él. De ahí mi confianza, superada una posible angustia, porque decir que Dios me conoce, equivale a decir que Dios me ama.

Jesús nos manda: “Lo que yo os digo en la oscuridad decidlo vosotros a la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde los tejados” (Mateo 10,27). Es decir, que Jesús está conmigo en la oscuridad. En ella me habla e ilumina con la luz de su amor. Sabe lo que hay en mí y me lo revela. Y ya no tengo por qué intentar ocultármelo a mí y a los demás, pues no es algo peligroso y ni oscuro y ni malo al quedar iluminado por la luz de Jesús.

Con Jesús, con su presencia, la luz brilla en la oscuridad, y se anuncia y arranca y perfecciona el Reino. Y “si Dios habita también en la oscuridad, ya no necesito sentir angustia frente a ella”, puntualiza Anselm Grün. Lo que siento es que me voy aceptando con todo lo que soy y hay en mí, liberado de la presión que supone el tratar de ocultar lo oscuro y malo que hay en mí, pero que cambia al ser iluminado por la luz de Dios, su poder y su amor.