
Por Lcda. Karen Ibarra Cuevas, Decana Facultad de Nutrición, UCIMED.
En un mundo donde los alimentos vienen acompañados de mensajes llamativos, promesas de bienestar y empaques cada vez más atractivos, aprender a leer las etiquetas nutricionales se ha convertido en una herramienta valiosa para cuidar la salud. Más allá de lo que dice la publicidad, la etiqueta nos permite conocer qué estamos llevando realmente a nuestra mesa.
Muchas personas toman decisiones basadas únicamente en frases como “bajo en grasa”, “natural”, “light” o “sin azúcar añadida”. Sin embargo, estos mensajes no siempre reflejan la calidad global del producto. Un alimento puede destacar una característica positiva y, al mismo tiempo, contener cantidades elevadas de sodio, azúcares o ingredientes altamente procesados.
Por eso, dedicar unos segundos a revisar la etiqueta puede marcar una gran diferencia. La evidencia científica ha demostrado que las personas que comprenden mejor la información nutricional suelen tomar decisiones alimentarias más saludables y tienen una mayor capacidad para identificar productos con perfiles nutricionales menos favorables.
Un buen punto de partida es observar la lista de ingredientes. Esta información aparece en orden de cantidad, de mayor a menor. Si los primeros ingredientes son azúcar, jarabes, grasas refinadas o una larga lista de aditivos, probablemente se trate de un producto altamente procesado. En cambio, cuando predominan ingredientes reconocibles y cercanos a su forma natural, generalmente estamos frente a una opción más favorable.
También es importante prestar atención al contenido de azúcares, sodio y grasas saturadas. Muchas veces un producto que parece saludable puede aportar cantidades significativas de estos componentes sin que el consumidor lo note. Un yogur saborizado, una barra de cereal o una bebida aparentemente saludable pueden contener más azúcar de la que imaginamos.
En la vida cotidiana, leer etiquetas no significa obsesionarse ni pasar minutos enteros en el supermercado comparando productos. Se trata de desarrollar un hábito sencillo que, con el tiempo, se vuelve automático.
Al igual que revisamos la fecha de vencimiento o el precio, podemos aprender a observar la información nutricional antes de tomar una decisión.
La etiqueta nutricional no fue diseñada para complicarnos la vida, sino para brindarnos información. Es una herramienta que nos permite elegir con mayor conciencia y autonomía. Porque cuidar la salud no depende únicamente de lo que comemos, sino también de qué tan informadas son nuestras decisiones. Al final, cada compra es una oportunidad para invertir en nuestro bienestar presente y futuro.