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Por muchas horas y quizá por algunos días más a la gente se le olvide lo caras que están la canasta básica y la gasolina, la falta de empleo, las empresas que están despidiendo personal, los constantes viajes al exterior del presidente Luis Guillermo Solís y tantas necesidades que agobian a la población, gracias al abultado marcador (4-0) que la Selección Nacional mayor de fútbol le propinó a su similar de los Estados Unidos.
Esta vez sí fue el país más feliz del mundo. Todo fue pura fiesta en el Estadio Nacional y afuera de este durante y después del partido eliminatorio. Cada gol fue entonado con el alma por los más de 4 millones de costarricenses que celebran el buen momento de la Tricolor, de la mano del técnico Óscar Ramírez.
Esta es la Sele del pura vida, la Sele que transmite confianza, la Sele de los ticos, la misma que tiene al país de cabeza.
Desde el más pequeño hasta el mayor de la casa disfruta de las victorias del equipo patrio, máxime si son por muchos goles, como la del martes. Las calles de San José se mancharon de blanco, azul y rojo porque orgullosos los costarricenses exhibían la camisa de la Nacional. Fueron a sus trabajos luciendo la casaca tricolor, el orgullo que a cada uno embarga es evidente.
En este momento el país está que no se cambia por nadie en el plano deportivo. Atrás quedaron las dudas por el nombramiento de Óscar Ramírez como seleccionador, atrás quedaron las críticas por convocar a ciertos jugadores que no gustan a la afición, atrás quedaron los temores y todo es un puro vacilón al ritmo de cuatro goles marcados en el Estadio Nacional.
La postal el martes fue ver a familias enteras fundirse en un abrazo con cada gol, a padres e hijos felices al ritmo de las anotaciones, esposos, novios, sobrinos, tíos, todos felices. Hasta hubo quienes se abrazaron con la persona que tenían al lado sin conocerla.
No importaba nada, lo único que valía en ese momento era desahogar todas las penas con cada gol, el único requisito era gritarlo a todo pulmón, brincar y aplaudir sin parar. Era la excusa perfecta para olvidarse de las deudas y los problemas. En ese instante no importaba nada, todo era fiesta, alegría, hasta lágrimas de felicidad.
La Sele del pura vida tiene a los ticos vueltos locos, confiados, creídos, felices, al punto de compararnos con las potencias mundiales y creernos la mejor de la Concacaf, como lo andan gritando a los cuatro vientos por estos días los periodistas mexicanos, temerosos por el notorio crecimiento futbolístico de la Tricolor.
Temerosos de ver a un equipo sólido, que les puede hacer la pega y destronarlos de un lugar en el que se creen pegados con goma. Incrédulos de que Costa Rica crezca como la espuma en el área.
Mientras tanto, en el país el carnaval se mantendrá por varios días. Las tertulias en el bus, el parque, la casa y el trabajo fueron presididas por el gran partido de la Selección Nacional. Todos tenían algo que decir del equipo de “Machillo”, cada quien se creía entrenador y hasta se atrevía a aconsejar al timonel para futuros partidos, porque ante todo en medio de la fiesta hay que tener los pies en la tierra y como bien lo dijo Ramírez, “con seis puntos no se clasifica al mundial”.
Es cierto, queda mucho camino por recorrer hasta octubre de 2017, cuando termina la hexagonal eliminatoria. Pero el camino por todos los costados que se mire es positivo y Rusia parece estar más cerca que nunca para la Sele del pura vida.