
“La reducción de daños por tabaco debe contemplar a toda la sociedad”, afirmó la Dra. Marny Lorena Ramos Rivas, funcionaria de la CCSS, en un artículo publicado en este periódico el pasado jueves 7 de marzo.
No obstante, la especialista señaló en su escrito que considerar productos de nicotina distintos al cigarrillo como herramientas para la reducción de daños “sería caer en un grave error”, aduciendo que estos productos también son riesgosos para la salud.
Como expertos en reducción de daños -tema sobre el que hemos escrito en esta misma tribuna-, nos mostramos de acuerdo con la premisa de que, en efecto, la reducción de daños debe contemplar a toda la sociedad.
De hecho, entendemos la reducción de daños como beneficiosa para toda la sociedad. Por eso mismo, no suscribimos la tesis de que sería un “grave error” que los adultos fumadores tengan acceso a productos como vapeadores o tabaco para calentar como alternativas para dejar el cigarrillo.
Si bien es cierto que todavía no hay un amplio catálogo de investigaciones científicas sobre los efectos a largo plazo de los vapeadores y otras alternativas sin combustión, también es cierto que la información ya disponible muestra que el daño del cigarrillo no es comparable al de los vapeadores.
Pese al auge de los vapeadores en los últimos años, fumar cigarrillos sigue siendo la principal causa evitable de muerte en el mundo y es responsable de una de cada cinco muertes por año en Estados Unidos. Las personas fumadoras mueren en promedio 10 años antes que las no fumadoras.
Dos de cada diez cánceres son provocados por el fumado y el 80% de las muertes por cáncer de pulmón están asociadas al cigarrillo. La literatura científica al respecto es robusta y no deja espacio para la duda sobre que el fumar cigarrillos afecta negativamente el funcionamiento de la gran mayoría de sistemas del cuerpo humano.
El fumado también afecta a las personas no fumadoras. El humo de segunda mano tiene incluso concentraciones más elevadas de nicotina y agentes cancerígenos que el humo inhalado por el propio fumador.
Por otro lado, numerosas investigaciones ya han sugerido que los sistemas electrónicos de administración de nicotina pueden conllevar daños sustancialmente menores para la salud en comparación con continuar fumando cigarrillos.
Por ejemplo, uno de esos estudios (Forster et al, 2018) concluyó que, en promedio, los productos de nicotina sin combustión contenían un 97% menos tóxicos dañinos o potencialmente dañinos, en comparación con los cigarrillos.
La evidencia sugiere que los productos sin combustión, como los cigarrillos electrónicos, pueden ser una alternativa menos dañina para los fumadores que no pueden o no quieren dejar de fumar. La reducción de tóxicos nocivos en comparación con el cigarrillo es un prometedor aspecto de la reducción de daños.
Desde luego, es fundamental abordar los cigarrillos electrónicos con precaución debido a varias limitaciones y preocupaciones importantes. Particularmente, el impacto potencial sobre los no fumadores y los jóvenes, especialmente como puerta de entrada a la adicción a la nicotina, exige regulaciones estrictas para impedir la iniciación de los jóvenes y en general el acceso de cualquier producto con tabaco o nicotina a menores de edad.
Existe evidencia de que los vapeadores pueden ocasionar eventos adversos como dolor de cabeza, tos, irritación de garganta, mareos y náuseas, y se han asociado a lesiones pulmonares agudas, particularmente en productos con THC y vitamina E. De ahí la necesidad de regular adecuadamente estos productos y asegurar un cumplimiento estricto de dichas regulaciones.
Por supuesto hay evidencia de efectos nocivos de los vapeadores, pero su uso debe ser visto a través de una lente de salud pública y de derechos humanos, considerando los beneficios potenciales para los fumadores adultos que buscan dejar de fumar o reducir el daño en su salud, a la vez que se debe proteger a los no fumadores, especialmente los jóvenes.
Por ejemplo, en Inglaterra, el Royal College of Physicians ha brindado apoyo clínico mediante cigarrillos electrónicos, no solo como alternativa de reducción de daños en comparación con el cigarrillo combustible, sino como una estrategia de abstención del fumado.
De eso se trata la reducción de daños: tras décadas de políticas públicas antitabaco que han fallado en reducir significativamente la cantidad de fumadores en el mundo, deben complementarse las políticas tradicionales de prevención y cesación, buscando alternativas para reducir los riesgos a los que se enfrentan los fumadores, lo que a su vez mejorará la salud pública pues, si cae el número de fumadores, los sistemas de salud podrán usar ese presupuesto para tratar otras afecciones.
Negarse rotundamente a ofrecer alternativas a las personas adictas a la nicotina (que por su condición de dependencia tienen dificultades de control), a pesar de que la evidencia es clara con respecto a la diferencia en el daño provocado en comparación con el cigarrillo, es cerrarle la puerta a millones de personas para que mejoren su calidad de vida.
Por ello, sostenemos lo dicho: la reducción de daños ayuda a toda la sociedad, y aplicarla no es “un grave error”, como afirmó el funcionario de la CCSS. El “grave error” sería no aplicarla.
En ese contexto, invitamos a personal de la CCSS, Ministerio de Salud, IAFA y otras instituciones interesadas, a tener un debate científico sobre este tema, a la luz del auge de estos productos en nuestro país y la creciente evidencia científica existente en torno al potencial de reducción de daños de estos. Creemos que será beneficioso para toda la población tratar este tema en forma seria y a profundidad.
*Exdirector del IAFA
**Director de Redacca