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Puntarenas no necesita que la reinventemos. Necesita que la recordemos y que tengamos el coraje de ponerla donde siempre debió estar: como Distrito Primero del Cantón Central, no solo en el mapa administrativo, sino en la prioridad política, presupuestaria y estratégica del país.
Durante décadas hemos administrado el deterioro. Hemos visto como nuestra ciudad-puerto, la que le dio al país su ventana al mundo, fue perdiendo su rumbo entre planes reguladores obsoletos, ocurrencias sin continuidad y una economía anclada en una nostalgia que no genera empleo. La pregunta ya no es qué nos pasó, sino qué vamos a hacer.
La Puntarenas que queremos parte de una decisión clara: asumirnos como un distrito turístico.
No somos un distrito mixto que a ratos es puerto, a ratos es ciudad dormitorio y a ratos es playa. Somos, por vocación natural, histórica y geográfica, el primer distrito turístico del Pacífico costarricense. Esa definición no es un slogan, es un modelo de desarrollo. Y todo modelo de desarrollo exige una reconversión.
La reconversión turística de la que hablamos no es pintar fachadas en el Paseo de los Turistas. Es transformar la base productiva. Significa pasar de una economía de subsistencia de fines de semana a una economía de experiencias de 365 días al año. Para eso necesitamos tres condiciones que hoy no tenemos y que debemos construir con urgencia.
Primero, un Plan Regulador acorde a las necesidades del siglo XXI. El plan actual es una camisa de fuerza que castiga la inversión. Necesitamos un plan regulador que entienda que Puntarenas es una isla urbana con un estero que debe ser nuestro gran parque acuático y un frente de playa que debe ser desarrollo sostenible, no bodegas abandonadas. Un plan que permita usos mixtos, que incentive la hotelería boutique en el casco central, que regularice de una vez por todas el comercio en rueda con dignidad y orden, y que le dé seguridad jurídica al inversionista local y extranjero. Sin reglas claras, no hay inversión. Sin inversión, no hay empleo.
Segundo, nuevas fuentes de trabajo de verdad. El turismo no es solo el que vende granizados ceviche o vigorones. El turismo moderno es una cadena de valor. Es economía naranja, es gastronomía con identidad, es industria creativa, es servicios logísticos del puerto, es pesca deportiva y turismo de conservación en el estero, es economía del conocimiento ligada a la academia. Tenemos que crear el ecosistema para que nuestros jóvenes no tengan que irse a San José a buscar lo que Puntarenas debería darles. Propongo la creación de una Zona Económica Turística Especial para el Distrito Primero, con incentivos para emprendimientos que generen empleo formal y encadenamientos con nuestros pescadores, artesanos y comerciantes.
Tercero, y lo más urgente: devolverle la seguridad y el trabajo al pueblo de Puntarenas. No hay turismo sin seguridad. No hay inversión sin seguridad. No hay familia que progrese sin seguridad. Debemos articular una estrategia real entre Municipalidad, Fuerza Pública, guardacostas y comunidad, recuperando espacios públicos con iluminación, cámaras y presencia permanente, pero también con oportunidades. Un joven con trabajo no es reclutado por el crimen. La mejor política de seguridad es una política de empleo. Cada calle limpia, cada acera reparada, cada patente agilizada, es un acto de seguridad.
La Puntarenas que queremos no es la del pasado que se fue. Es la del futuro que nos merecemos. Una Puntarenas que vuelva a ser la perla del Pacífico no por nostalgia, sino por visión. Una ciudad limpia, segura, ordenada, donde el puntarenense viva con orgullo en su distrito primero y no con la sensación de abandono.
Esa Puntarenas no se construye peleando entre nosotros. Se construye con un pacto local. Con el sector comercial, con los pescadores, con los patentados, con los hoteleros, con las mujeres emprendedoras, y por supuesto con la juventud. El ahora es hoy y nuestra gente debe nuevamente creer que sí podemos.