La publicidad del proceso penal: transparencia y espectáculo

Osman David Salas Ulate Bachiller en Derecho y asesor inmobiliario

Cada día ocurren delitos de toda índole. Lo preocupante no es solo su frecuencia, sino la forma en que la sociedad parece haberse acostumbrado a ellos. Sin embargo, basta con que un caso particular capte la atención mediática para que todo cambie: la cobertura se intensifica y la noticia se propaga rápidamente, ocupando titulares, redes sociales y conversaciones cotidianas.

En ese momento, términos propios del derecho penal (como imputado, prisión preventiva o medidas cautelares) pasan a formar parte del lenguaje común. No obstante, esta exposición suele venir acompañada de interpretaciones apresuradas y expectativas desmedidas sobre el funcionamiento de la justicia.

Surge entonces una pregunta inevitable: ¿la publicidad del proceso penal está cumpliendo su función de control público o se ha convertido en un espectáculo?

Conviene recordar que el derecho penal no existe para entretener. Su finalidad es determinar, bajo reglas claras y garantías procesales, si una persona ha cometido o no un delito. Se trata de un sistema diseñado para proteger derechos, no para satisfacer demandas inmediatas de castigo.

Sin embargo, vivimos en una cultura donde el entretenimiento ocupa un lugar central. Como advirtió Mario Vargas Llosa, hemos transitado hacia una “civilización del espectáculo”, en la que la información compite con el entretenimiento y, en muchos casos, termina subordinándose a él. 

Esta lógica también alcanza a los procesos penales, que empiezan a consumirse como si fueran contenido más que procedimientos jurídicos.

El riesgo de esta transformación es evidente. La justicia deja de percibirse como un proceso garantista y se interpreta como un mecanismo de castigo inmediato. Se alimenta así una visión simplificada, donde la complejidad del derecho se reduce a una expectativa de sanción rápida.

En este contexto, distintos actores contribuyen a esa dinámica. El populismo punitivo (impulsado por discursos políticos, cobertura sensacionalista y presiones sociales) puede distorsionar el equilibrio que exige un proceso justo.

Es importante insistir: la publicidad del proceso penal tiene una función legítima. Permite el control ciudadano, evita abusos y fortalece la transparencia. No es un defecto del sistema, sino una de sus garantías esenciales.

El problema surge cuando esa publicidad se desborda. En casos altamente mediatizados, la presión de la opinión pública puede poner en tensión principios fundamentales como la independencia judicial. El juez debe resolver con base en la ley y la prueba, no en tendencias ni en juicios paralelos construidos en redes sociales.

Algo similar ocurre con la defensa pública, cuya labor (indispensable en cualquier Estado de derecho) suele ser incomprendida o injustamente cuestionada.

La discusión, entonces, no debe centrarse en limitar la publicidad, sino en cómo la sociedad la interpreta. Una ciudadanía mejor informada no solo exige justicia, sino que comprende sus tiempos, sus reglas y sus límites.

Evitar que el proceso penal se convierta en espectáculo es una responsabilidad compartida. En ello no solo está en juego la reputación de las personas involucradas, sino la credibilidad misma del sistema de justicia.

Porque cuando la justicia se transforma en entretenimiento, la democracia pierde algo más que el equilibrio: pierde sentido.