La propiedad privada no es más que una ficción jurídica

Lic. Larry Hans Arroyo Vargas Abogado litigante

Usted firmó la escritura un viernes en la tarde. Salió de la notaría sintiendo, por primera vez, que algo era completamente suyo. Se tomó el selfi y le dio gracias al Señor por su nueva casita. Esa noche se paró en medio del terreno, miró las estrellas y sintió lo que sienten los seres humanos desde las cavernas: esto es mío. Tres meses después llegó el primer recibo del impuesto sobre bienes inmuebles. 

Hágase una pregunta incómoda. ¿De verdad esa finca es suya? A su nombre, sí. Pero “a su nombre” y “suya” no son lo mismo, y por esa diferencia usted paga hasta el día que se muera.

La Constitución dice que la propiedad es inviolable, que nadie se la quita salvo por interés público y pagándosela primero. Suena a muralla. Pero es una muralla con la puerta abierta para el Estado y con candado para usted. El propio Código Civil lo confiesa sin pena: existe la propiedad “imperfecta o limitada”, y la suya lo es. Lo que en la calle llamamos “ser dueño” es apenas una anotación en el Registro Nacional que el Estado le sostiene mientras usted se porte bien. El día que deje de portarse bien, va a descubrir rapidito quién manda de verdad sobre su tierra.

¿Y qué es portarse bien? Para empezar, pagar. Y pagar para siempre. El día que usted deje de pagar el impuesto, esa deuda se vuelve una hipoteca del Estado que cobra antes que nadie. Dicho sin rodeos:

La municipalidad puede llegar antes que sus hijos a la herencia.

Pero el dinero es apenas la mitad. La otra mitad es obediencia. La municipalidad, por medio del plan regulador, le dice cuánto puede construir en su propio lote, de qué altura y hasta para qué le sirve. Salud le pide permiso hasta para sembrar. Y lo que está debajo de la tierra —el agua, el petróleo, los minerales— nunca fue suyo: es del Estado. Usted no es dueño del suelo; es apenas el encargado de pagarlo.

En Costa Rica no hay propietarios. Hay inquilinos con escritura.

Lo que firmó esa tarde no es un título eterno: es un permiso de uso indefinido, sujeto a buen comportamiento. Y, pensándolo bien, hasta tiene ventajas alquilar de verdad. Si un tornado le vuela el techo, usted recoge sus cosas y se va. Si el OIJ se equivoca de propiedad —que pasa— y le revienta el portón, usted, por pura cortesía, le avisa al dueño y esa misma tarde anda firmando otro alquiler.

¿Por qué llegamos aquí? Porque a ese principio constitucional le vaciaron el contenido y le dejaron el nombre, como a tantas cosas en este país. ¿Está bien, está mal? Eso lo decide usted; yo solo le quito la venda.

Pero algo sí le digo, y se lo digo con cariño: no se amargue la vida endeudándose 35 o incluso 50 años para pagar una hipoteca. Si por milagro llega a cancelarla, el día del sucesorio sus herederos se van a pelear como buitres por la finca, y el único que saldrá sonriendo será el abogado que lleve el sucesorio.