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La Biblia no fue escrita para permanecer cerrada en una biblioteca, adornar una mesa o ser utilizada únicamente durante las celebraciones religiosas. Fue confiada a la comunidad creyente para ser leída, escuchada, meditada y, sobre todo, vivida.
La Sagrada Escritura nos empuja hacia el otro, particularmente hacia quien sufre. Una comunidad que escucha verdaderamente el Evangelio debe preguntarse qué está haciendo frente a la pobreza, la violencia, la soledad, la exclusión y las heridas de su entorno.
La Palabra no construye comunidades encerradas, sino capaces de escuchar, acoger, servir y transformar. Celebrar el mes de la Biblia durante el presente mes, no consiste simplemente en hablar sobre ella. El verdadero desafío es mucho más sencillo y exigente: abrirla, oírla y permitir que transforme nuestra vida personal, nuestras familias y nuestras comunidades.
Porque la Palabra de Dios no fue pronunciada solamente para ser escuchada; sino para que el creyente la ponga en práctica.
San Jerónimo afirmaba que «ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo». No podemos decir que conocemos profundamente a Jesús si desconocemos el Evangelio que nos transmite sus palabras, sus gestos, su manera de acercarse a los pobres, de perdonar, de denunciar la hipocresía y de anunciar la misericordia de Dios.
Una familia, luego de haber participado en la Celebración Eucarística, puede volver a leer el Evangelio de ese domingo, compartir una frase que llame la atención. También, acudir a un salmo en momentos de dolor e incertidumbre.
En una época en que las pantallas, las prisas y las obligaciones pueden aislarnos; incluso viviendo bajo el mismo techo, escuchar juntos la Palabra ayudará a hablar de lo verdaderamente importante y expresar nuestros temores, esperanzas, conflictos, proyectos y nuestra relación con los demás.
En la vida personal, la Palabra de Dios es encuentro y discernimiento. No se trata de leer muchas páginas ni de acumular conocimientos bíblicos. A veces bastan unos pocos versículos, leídos despacio, para hacernos una pregunta que llevamos tiempo evitando. Así, al leer la Biblia, Dios no siempre nos dice aquello que queremos oír.
La Palabra de Dios ilumina decisiones, confronta actitudes, alivia nuestras heridas y alimenta la esperanza. Es importante no olvidar que, para el crecimiento espiritual, hemos de leer la Sagrada Escritura en comunión con la enseñanza de la Iglesia: “Y como la Sagrada Escritura hay que leerla e interpretarla con el mismo Espíritu con que se escribió para sacar el sentido exacto de los textos sagrados, hay que atender no menos diligentemente al contenido y a la unidad de toda la Sagrada Escritura, teniendo en cuanta la Tradición viva de toda la Iglesia y la analogía de la fe. Porque todo lo que se refiere a la interpretación de la Sagrada Escritura, está sujeto en última instancia a la Iglesia” (Cfr. Vaticano II, Dei Verbum n. 12).