
La mesa estaba servida, pero no necesariamente para la mayor fiesta futbolera del mundo que paraliza el orbe cada cuatro años, o quizás sí, pero con otros tintes.
Grupo Extra presenció luchas sociales, denuncias masivas, protestas multitudinarias y la cara de la desigualdad social. Podríamos estar hablando de cualquier país de América Latina, pero se trata del coloso norteamericano hispanohablante, México, quien 40 años después recibía una Copa del Mundo.
Ocho años de preaviso no fueron suficientes para estar listos a nivel de infraestructura, transporte y orden social. Todo lo contrario.
Nos recibió un aeropuerto con obras de ampliación y remodelaciones inconclusas, caos vial, bloqueos de manifestantes, y un ambiente de tensión social, aunque en el fondo la fiesta futbolera se asomaba tímida, una camiseta de alguna Selección por aquí, otra por allá, pero el tema de conversación no era el fútbol.
¿Podremos llegar a tiempo al estadio? ¿Hasta cuándo estarán los manifestantes bloqueando las calles principales de la Ciudad de México o el Centro Histórico? ¿Por qué se están manifestando? ¿Estarán contentos con tener el Mundial en su país? Podría enumerar decenas de preguntas más que nos hacíamos en apenas las primeras horas en suelo mexicano.
Pero todo eso quedó atrás el día del juego inaugural de la Selección de México, en su casa, el mítico Estadio Azteca (aunque FIFA quiera nombrarlo Estadio de Ciudad de México), paralizó el país como solo ella sabe hacerlo, y ahí sí, todo fue fiesta mundialista. Un triunfo mexicano que se celebró por todo lo alto y que puso en pausa al menos por unas horas la aflicción social de la gran mayoría de sus ciudadanos, seres humanos extraordinarios que no nos hacen dudar de querer volver a este hermoso país, con o sin fútbol.









