La miopía de la mora judicial

MSc. Adán Carmona Pérez Juez penal / Colegio de Abogados y Abogadas de Costa Rica

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El Poder Judicial costarricense tiene como función esencial actuar como mediador objetivo en los conflictos judicializados, conforme a la Constitución Política y la Ley Orgánica del Poder Judicial. 

Esta tarea refleja una decisión fundamental de toda sociedad civilizada: renunciar a la venganza privada y optar por mecanismos institucionales para resolver conflictos, lo que, en materia penal, se traduce en una función clave del derecho penal como herramienta para evitar la violencia.

Sin embargo, ese ideal colisiona hoy con una realidad cada vez más evidente: la mora judicial. 

Este fenómeno no es solo una percepción ciudadana. El Quinto Informe del Estado de la Justicia (2025) identificó la mora como el problema más señalado por los distintos actores del sistema, lo que confirma su carácter estructural.

Las consecuencias son claras: deterioro en la confianza institucional y críticas que, en buena medida, resultan legítimas. No obstante, muchas de estas críticas parten de una miopía en el análisis del problema, al centrarse exclusivamente en el Poder Judicial, como si se tratara de una falla aislada y no de un fenómeno complejo.

La mora judicial responde, en realidad, a múltiples factores. Entre ellos, destacan políticas criminales que han privilegiado la expansión del derecho penal desde un enfoque punitivo, sin dotar al Poder Judicial de los recursos necesarios para asumir esa carga. 

A ello se suman factores estructurales como la desigualdad social, el aumento de la litigiosidad y la instalación de una cultura de confrontación que privilegia la judicialización por encima del diálogo.

Si se quisiera ilustrar este fenómeno, la imagen de un embudo resulta adecuada: el Poder Judicial recibe, en su punto más estrecho, la presión acumulada de todos estos factores, muchos de los cuales escapan a su control.

Por ello, aunque la mora judicial es innegable, su abordaje exige superar esa miopía con la que la vemos. 

No se trata de insistir en soluciones parciales o inmediatas, sino de reconocer que estamos ante un problema estructural que requiere atender sus causas profundas, incluso aquellas que resultan menos visibles y más incómodas de señalar.