La mano dura como metáfora

Opinión

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Luis Guillermo Solis Rivera

Expresidente de la República

Si tuviera que calificar al clima político que hoy prefiere “la gente” alrededor del mundo según las encuestas, diría “dureza”, una condición en la que se privilegia la fuerza sobre la permisividad.  Parte esencial de ese sentimiento se basa en el miedo -cierto o percibido- y en la búsqueda de la seguridad en un mar de incertidumbre y violencia. 

Hasta ahí todo muy humano, porque si algo prevalece en nuestro cerebro reptiliano en opinión de los biólogos, es el instinto de supervivencia, una sensación que protege a todos los organismos vivos del peligro y garantiza así su evolución.

El problema, sin embargo, rápidamente pasa de lo biológico a lo político.  Y ya puestos en lo político, a lo ético, porque entre otras razones, el miedo, si no se tienen escrúpulos para manipularlo, da inmensos réditos electorales. 

En especial, si se inserta en un relato en donde los más fuertes convencen al público que la victoria se alcanza a gritos y con insultos, dinamitando puentes, convirtiendo al adversario en enemigo y exterminándole en un juego de suma cero en donde el fin, aunque sea malo, justifica los medios.

En ese marco, la seguridad pública se convierte en un capítulo más de esa necesidad general de sentirse protegido por las entidades políticas que se han creado con ese propósito, particularmente las represivas.  Es decir, la población espera que su protección venga principalmente “de afuera y desde arriba”, atribuyéndosela en tiempos recientes al Estado aunque incluye también a actores privados y a poderes facticos que, amparados en doctrinas religiosas o intereses seculares, promueven una seguridad a cualquier precio y que nunca ha perdido un cierto tufillo patriarcal.

Gracias a la experiencia y a la práctica social, “la mano fuerte” fue moderada por el desarrollo del Derecho.  Se redujo así la repetición de abusos inenarrables que se han producidos en todas las épocas, y se generaron sistemas de convivencia doméstica e internacional que, sin dejar de lado la obligación de proteger, mantuvieron en paralelo el control de las fuerzas de la administración de justicia generalmente encargadas de esa tarea. 

Ello, en el entendido de que la protección esperada, no solo es del individuo frente al crimen y otras formas de violencia, sino también de la sociedad en su conjunto ante riesgos estructurales provenientes de amenazas como el hambre, la enfermedad, los eventos ambientales extremos y muchas otras necesidades esenciales para la supervivencia humana, incluida la libertad. 

Desafortunadamente, hoy se retoma el debate sobre la “mano dura” asociado exclusivamente al castigo como racionalidad principal de la política pública y al abandono de la Ley como obligación social y estatal.  Ello, abandonando las políticas preventivas e incluso descartando el respeto a los derechos humanos y otros propios de la sociedad democrática y de sus instituciones tutelares. 

Instituciones a las cuales se busca debilitar deliberadamente, erosionando la independencia judicial, desacatando sus sentencias y desacreditando a sus magistrados. El uso de la mentira y de las medias verdades para engañar y confundir, forma parte de ese libreto.

Estamos por lo tanto ante una metáfora que alude a un universo en donde la discusión no es sobre caos y orden, sino sobre libertad y autoritarismo.  Eso sin embargo, no pareciera importar mucho en nuestros días porque se ha hecho creer que la razón de la autoridad y de la fuerza, es preferible a la autoridad y la fuerza de la razón.

Así de mal estamos.