
Usted llega a su casa antes de la hora de siempre. Sobre la mesa de la sala todavía hay un par de frías, una camisa que no es suya y el celular de su pareja con la conversación abierta y unas fotos que ella nunca le mandó a usted.
Usted lee tres mensajes más y se entera que ella planea dejarlo, le falta el aire y se le hace un hueco en el estómago. Sale al balcón, agarra el teléfono, marca el 911 y, con la voz quebrada, le dice al agente que contesta: “quiero poner una demanda, mi esposa me está siendo infiel”. Del otro lado de la línea, un silencio cortés.
Y después una respuesta que probablemente lo deje frío: “señor, eso no es delito en Costa Rica, lo siento”.
¿Y por qué no? ¿No hubo traición? ¿No hubo daño? ¿Qué pasó con las promesas? ¿Ya no me ama?
Si a usted no le entra en la cabeza, no es el único.
Desconcierta a muchas personas que llegan al Bufete con esa misma pregunta atravesada en la garganta. Y es que hay un choque entre la moral y la ley. Aquí el Código Penal entendió hace rato que en esa cama no le toca dormir.
El delito de adulterio salió del Código Penal hace décadas, y nadie ha querido devolverlo. La idea es sencilla: el Derecho Penal está hecho para cuidar la vida, la libertad, la propiedad — no para meter mano donde duerme una pareja. Eso sí: el Código de Familia se quedó con la infidelidad como una de las causales para pedir el divorcio, y en ciertos casos también puede pesar a la hora de discutir la pensión entre cónyuges. Pero todo eso —escúcheme usted bien— se ventila en un juzgado, sin esposas, sin cárcel, sin antecedentes.
Y usted, mientras tanto, sigue en su sala: la camisa ajena sobre la mesa, las dos frías ya cogiendo calor y el anillo de bodas que perdió todo sentido…
La realidad es esa, la infidelidad no es delito en Costa Rica.
El día en que un fiscal pueda perseguir lo que pasa entre las cuatro paredes de un dormitorio matrimonial mientras sea consentido, no estaremos defendiendo el matrimonio: estaremos profanando la libertad.
En estos asuntos uno aprende a ser pragmático — y a veces vale más darle cincuenta oportunidades a la misma persona buena que ya se ama, que darles una oportunidad nueva a cincuenta desconocidos.