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Peregrino de sueños, hacedor de tragedias, desconfiado, mezquino, amoroso y soberbio, el ser humano es un crisol de infinitas contradicciones que conviven, reptan y se repelen en la insondable vastedad del alma.
Ambicioso, insaciable, desorientado y perverso, el ser humano nunca escatima en pisotear cualquier obstáculo que le impida alcanzar sus metas, a lo que irónicamente llama “competitividad”, aplicando aquello de que “el fin justifica los medios”.
Lo malo es que casi siempre esas metas tienen que ver con el banal estatus de las posesiones materiales: riqueza, fama, gloria, reconocimiento. En síntesis, ser objeto de admiración y respeto, o sea sentirse importante.
Últimamente he tenido la oportunidad de leer dos artículos muy antagónicos, aunque ambos tratan sobre esa antigua búsqueda de la “felicidad”, que para los seres humanos en algunos casos adquiere significados totalmente contradictorios.
El primer caso es un artículo donde se comenta el estilo de vida de los ricos más ricos del mundo, sus extravagancias, su descomunal derroche de dinero, su colección de mansiones, autos, yates y aviones. En fin, todo ese “esplendor” avasallante que personalmente me atrevería a llamar “la asquerosa opulencia”, cuya información, al ser procesada por el inconsciente colectivo de la sociedad, no hace otra cosa que influir en el conglomerado social para desear alcanzar ese mismo estatus de confort y bienestar a cualquier precio, aun dejando de lado los más esenciales valores humanos, con tal de escalar posiciones en el perenne escalafón de los “derrotados” y los “vencedores”.
Lo irónico es que también toda esta ostentación llega al punto en que se convierte en rutina, entonces vuelve a aparecer esa sed de acumular más riqueza y de “nuevas aventuras”. Estos archimillonarios llegan a darse cuenta de que la “felicidad” no está en la desmedida posesión de bienes materiales que, lejos de liberarnos, nos hace aún más esclavos de lo que poseemos.
Lo más doloroso de reconocer es que ese respeto y admiración que tanto desearon poseer resulta que no era por ellos mismos, sino por su riqueza, y de pronto se ven rodeados por un séquito de “amistades” hipócritas, atraídas solo por el mezquino interés y la frívola zalamería.
El segundo caso es, por el contrario, un artículo sobre el hombre más feliz del mundo, que resulta ser un monje budista (asesor del dalái lama), quien fue sometido a diferentes estudios y pruebas científicas de resonancia magnética, y sus impulsos cerebrales, en respuesta a los experimentos que se le practicaron, siempre fueron de total placidez y absoluta relajación, pese a que incluso hasta los millones que ha ganado con la publicación de sus libros los ha donado a instituciones de bien social.
¿Entonces dónde se encuentra la verdadera felicidad? Hace algún tiempo le peguntaron a Ricardo Arjona si se sentía feliz y respondió que se sentía satisfecho, pero que siempre seguiría extrañando los días en que era un perfecto desconocido.
Resumiendo, podemos llegar a la conclusión de que la felicidad no está afuera, se encuentra “acurrucada” dentro de cada uno de nosotros y espera solo ser despertada con el hálito de la sencilla humildad.
Entonces y solo entonces podremos valorar una puesta de sol, o sentarse a ver la tarde derramada en aguaceros, y disfrutar por fin de esa sensación de plenitud que solo podremos experimentar el día en que comprendamos, apliquemos y vivamos en toda su profundidad “la importancia de no ser importante”.
*Profesor, poeta y músico