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Las medicinas no son necesariamente pastillas o inyecciones, tampoco ingresos al quirófano para aliviar una enfermedad o padecimiento. Esta es la historia de mi persona y seguramente la de otra gente que, en determinado momento de su vida, ha tenido un quebranto en su salud.
Hace aproximadamente un año, estando en mi casa, comencé a sentir un dolor muy fuerte en el pecho.
Mi familia me trasladó de emergencia al Hospital de Heredia, donde después de varias horas se me diagnóstico cardiopatía isquémica; es decir, un infarto. Esto condujo a mi internamiento por varios días en ese centro hospitalario, con la concebida preocupación familiar.
Pasaron diez meses y vinieron dos nuevos infartos seguidos, con quince días de separación. Me volvieron a internar en el Hospital para prepararme para el siguiente paso: una visita al quirófano del Hospital México para que me realizaran un cateterismo. En mis arterias coronarias implantaron 3 “stends” (cánulas).
La labor en el quirófano no fue dolorosa, aunque me mantuvieron despierto. La recuperación en el hospital sí fue dolorosa, más con la extracción del inductor de la vena femoral.
Siempre he sido una persona temerosa. Miedosa de todo lo relacionado con hospitales, clínicas y doctores. Me dijeron que debo hacerme un segundo cateterismo y ciertamente lo he venido postergado, buscando formas de evitarlo. Quisiera lograr la sanidad de mi corazón de una manera más noble.
En esa búsqueda visité un pueblo para mí muy querido, Zarcero, y en la finca de don Joel Alfaro pude observar una actividad muy hermosa: el cultivo de lechugas, apio, culantro y cebollino en tubos de PVC. Un proyecto agrícola con un desarrollo excepcional. Y aunque soy ingeniero agrónomo nunca había tenido la oportunidad, en la academia o en el ejercicio de mi profesión, de conocer de esta metodología conocida como hidroponía.
Con la asesoría de un conocedor en la materia, Gabriel Rodríguez, y mi entusiasmo por explorar esta actividad decidí utilizar parte del jardín de mi casa e iniciar un pequeño proyecto de hidroponía.
Instalamos siete tubos donde sembramos, a manera de investigación, lechuga, cebollino, culantro y apio. Un total de 210 plantas fueron trasplantadas y cosechadas 30 días después.
He aprendido muchas cosas para mejorar en el próximo ciclo de siembra y mi familia se ha involucrado en el proceso pintando, sembrando, realizando las labores de mercadeo y hasta seleccionando el nombre para nuestra pequeña empresa Procaz.
Nos han visitado amigos, familiares e interesados en conocer de este método, del proyecto y solo palabras de positivismo para este nuevo reto que me he puesto para enfrentar mi salud.
Quisiera invitar a quienes tengan un espacio de al menos 16 metros cuadrados a involucrarse en este tipo de proyectos. Las huertas familiares permiten abastecer un mercado en crecimiento en nuestros barrios y comunidades y estamos también mejorando la nutrición de nuestros hogares.
En nuestro proyecto no aplicamos ningún pesticida, solo sales nutricionales que necesitan las plantas para su normal desarrollo. La higiene de los productos es total y quien los consume estará seguro de consumir algo completamente saludable.
Observar el crecimiento y desarrollo de las plantas y la ejecución de las diferentes actividades de cada día han sido una medicina para mi salud física y mental, al igual que para mi familia.
Quiero reconocer y agradecer a quienes me han acompañado en mi dolencia y recuperación: doctores, enfermeras, auxiliares, amigos, familiares. Y quiero compartirles que en la hidroponía he encontrado la mejor terapia.
Me siento como un niño al que le dan un nuevo juguete. A mis 71 años he podido desarrollarme no solo como ingeniero agrónomo sino como persona. De nuevo pienso en las huertas caseras de los años 50, 60, 70 y 80 a través de los clubes 4-S que patrocinaba el MAG en los años dorados de Extensión Agrícola.
Las puertas de mi casa están abiertas para quienes deseen conocer de esta actividad.
*Ingeniero agrónomo