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Fiorella Salazar Rojas
Exministra de Justicia y Paz
El 1 de septiembre zarparon de Barcelona con lo que podían cargar -cajas que olían a farmacia y a promesa: medicinas y alimentos. Hicieron escala en Túnez y ahora su ruta bordea aguas griegas; la llegada está prevista dentro de pocos días. Es una flotilla civil de unas cincuenta embarcaciones, con activistas, médicos y voluntarios de más de cuarenta y cinco países que, ante la pasividad de gobiernos y organismos, decidió moverse con la intención sencilla y urgente de llevar una gota de alivio a la población de Gaza.
Gente socorriendo a gente. Romper el bloqueo no es sólo un gesto logístico: es un símbolo. La Flotilla es más que su cargamento. Son personas corrientes que arriesgan su vida frente a la barbarie; sobre todo, para decir -con hechos- que quienes sufren no están solos. La compasión y la solidaridad pueden ser silenciosas, pero siguen siendo valientes y vigentes.
La travesía no ha estado exenta de riesgos: ataques con drones han dañado algunas embarcaciones, sin heridos graves hasta ahora. Pero más allá de lo que confirmen las investigaciones, hay una pregunta moral que no admite silencio: ¿quién y por qué convertiría en blanco a un convoy cuyo propósito declarado es aliviar sufrimiento con medicinas y alimentos?
La situación ha escalado al punto de que gobiernos europeos anunciaron medidas: España e Italia están enviando un buque y fragatas para auxiliar en caso de ser necesario.
Gestos institucionales que mezclan preocupación humanitaria y cálculo diplomático, y que, en la práctica, añaden una escolta naval a la acción civil.
Este esfuerzo humanitario puede quedar como otra anécdota de buenas intenciones, o puede ser el catalizador para que quienes tienen poder para frenar las bombas y abrir corredores efectivos, se decidan de una vez. El escenario está abierto.
La distancia geográfica no exonera. Convertir las noticias en datos lejanos y pasar a la siguiente pantalla equivale a respaldar la impunidad. En la era de la información inmediata, los horrores ya no se esconden tras la demora: clama al cielo la masacre a cielo abierto que vemos en directo. La Flotilla, con su carga modesta, nos ofrece la oportunidad de decidir si seremos la generación que miró indiferente hacia otro lado, o la que actuó. A bordo de esos barcos viaja el alma de esa parte del mundo que se resiste a aceptar que el mal triunfe sobre el bien.
Sumud -palabra árabe que significa “perseverancia firme”- nombra la voluntad de no rendirse. Ojalá el clamor mundial por la paz y el fin de la brutalidad se haga sentir cada día con más fuerza hasta que vuelva la cordura. Usemos el poder de las redes sociales para visibilizar esta vergüenza, exigir justicia y colocarnos del lado correcto de la Historia.
En este momento la flotilla sigue su rumbo y la historia continúa escribiéndose.
La utopía de hoy: que la Flotilla abra un corredor de esperanza y ancle en tierra la paz.