La fuerza que renueva a la Iglesia

Mons. José Rafael Quirós Arzobispo Metropolitano de San José

En la víspera de su pasión, como recoge el Evangelio de Juan, el Señor Jesús había asegurado a sus discípulos: “El Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien les enseñe todo y les recuerde todo lo que yo les he dicho” (Jn 14,26).

El libro de los Hechos de los Apóstoles testimonia: “De repente vino del cielo un ruido como de un viento impetuoso… y todos quedaron llenos del Espíritu Santo” (Hch 2,2.4). Este pasaje nos hace contemplar ese momento decisivo, cuando los Apóstoles, llenos de asombro, reconocen el cumplimiento de la promesa de Jesús. 

El Espíritu Santo sigue siendo hoy el que enseña, recuerda, impulsa y transforma, haciendo de la Iglesia una comunidad viva, guiada por la presencia de Dios en medio del mundo. Ese mismo Espíritu que descendió sobre los apóstoles continúa actuando con poder, despertando la fe donde parece apagada, fortaleciendo la esperanza en medio de las pruebas y encendiendo la caridad en un mundo tantas veces marcado por el egoísmo. 

La Iglesia nace en Pentecostés y el Espíritu Santo la sigue renovando a lo largo del tiempo.  Allí donde había miedo, surge valentía; donde había encierro, brota apertura; donde había incertidumbre, aparece una certeza profunda: Dios está con nosotros. Esta es la fuerza del Espíritu Santo que transforma desde dentro, da claridad en medio de la confusión, reconforta en los duelos, dando “gozo que enjuga las lágrimas”. 

Hoy, más que nunca, necesitamos abrirnos a esa fuerza. No basta con una fe heredada o rutinaria estamos llamados a una fe viva, consciente, capaz de iluminar la vida personal, familiar, social, cultural, ambiental y económica.

El Espíritu Santo no es un concepto abstracto; sino presencia real, que consuela nuestro dolor y sufrimiento; ilumina en la toma de decisiones y fortalece nuestro esfuerzo.

La celebración anual de Pentecostés nos invita como pueblo creyente a levantar la mirada para renovar nuestra confianza en Dios, especialmente en tiempos donde la incertidumbre, el miedo, la división o el desánimo pueden ganar terreno. El Espíritu Santo nos une en la pluralidad y se manifiesta para el bien común. Por eso, una sociedad que se abre a la acción del Espíritu se vuelve más fraterna, justa y solidaria.

Cristo prometió el Espíritu, y Dios Padre es fiel a su promesa. En medio de nuestras fragilidades podemos confiar, porque no estamos solos. El Espíritu sigue soplando, a veces con fuerza visible, otras veces como brisa suave, pero siempre presente.

Pentecostés es una invitación perenne a abrir el corazón y la mente, para dejarse renovar y volver a empezar. Así, el Espíritu sigue haciendo nuevas todas las cosas. 

Que cada comunidad, familia y creyente pueda decir con convicción: “Ven, Espíritu Santo”. Porque cuando Él actúa, todo se transforma, y lo que parecía imposible comienza a hacerse realidad. 

Mons. José Rafael Quirós

Arzobispo Metropolitano de San José