La fuerza del amor

Esa fuerza se fundamenta en la fe, entendida como confianza, tal como lo propuso en su tiempo el reformador Martín Lutero. En efecto, para él y tal como lo sintetiza uno de sus comentaristas, “la fe no es creer en los dogmas, sino tener confianza en el Dios que me acoge, que me ha demostrado […]

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Esa fuerza se fundamenta en la fe, entendida como confianza, tal como lo propuso en su tiempo el reformador Martín Lutero. En efecto, para él y tal como lo sintetiza uno de sus comentaristas, “la fe no es creer en los dogmas, sino tener confianza en el Dios que me acoge, que me ha demostrado su amor en Jesucristo, que me perdona todas mis culpas y me da la seguridad de que mi vida es plena”.

En ese sentido, cada uno de nosotros puede afirmar, sobre esa confianza, yo creo en Dios, me fío de Él, confío en que Él me ha dado en Jesucristo la certeza de que su amor es más fuerte que todas mis culpas, algo de lo que no poca gente desconfía y, por lo mismo, sufre.

Por el contrario, la fe-confianza, nos da paz y alegría, y nos libra de todo temor y angustia. Durante largo tiempo Lutero anduvo padeciendo de la duda existencial y muy dolorosa para él: “¿cómo me encuentro con el Dios de la gracia?”, lo que implicaba fundamentalmente la duda de cómo ser aceptado por Dios. Duda que se alimentaba y crecía por la duda sobre sí mismo, con el consiguiente sufrimiento interior.

Por fortuna, y tal como puede pasarnos a nosotros, encuentra la solución en Jesucristo que en la cruz destruye al mismo tiempo pecado y duda. Desde ella, desde la cruz, nos dice a cada uno: “Eres amado incondicionalmente. No tienes ninguna necesidad de demostrar que eres justo y que todo lo haces del modo correcto. El amor que se manifiesta en la cruz es más fuerte que todas las condenas de nosotros mismos”.

Las dudas, en el sentido de sentirnos culpables y por lo mismo no amados por Dios, nos paralizan quitando toda fuerza de vida. Por el contrario, la confianza en Dios y su gracia, nos fortalece e impulsa esa vida, nos libera de la conciencia de culpabilidades y nos alegra.

Declara Anselm Grün: “La fe no es un ‘opinar’ arbitrario y no es contraria al saber. No se limita a lo que todavía no sabemos. Más bien, la fe abraza todo nuestro sistema de saber. Es más que el saber. Es la explicación de todo lo que es. Es como un manto que envuelve el saber”.

Concluye, y es lo que más nos interesa: “Es la confianza en que estamos en las manos buenas de Dios con toda nuestra ciencia y nuestra ignorancia, y en que nuestra vida está envuelta en el amor de Dios”.

La fe antecede, penetra y transciende toda ciencia. En medio de todo lo que sabemos y de lo que llegaremos a saber algún día, en la fe sabemos que Dios nos sostiene, que en Él existimos, nos movemos y somos, lo que significa que permanecemos unidos a Él en todo, en todas partes y siempre, lo que nos envuelve en seguridad, paz y gozo.