El Evangelio parece decirnos algo que nuestra época quizá necesita volver a escuchar: la sensibilidad no es debilidad; el cuidado no es inferioridad; la ternura no es falta de fortaleza.
La mujer puede ser fuerte sin dejar de ser tierna. Puede ejercer autoridad sin perder la capacidad de cuidar. Puede participar en la política, en la ciencia, en la academia, en la empresa, en la Iglesia y en todos los ámbitos de la sociedad, sin tener que asumir gestos de dureza como condición para ser respetada.
Quizá hemos cometido un error cuando, para liberar a la mujer de antiguos estereotipos, terminamos sospechando también de aquellas cualidades que han sido una expresión preciosa de su humanidad.
Por eso necesitamos recuperar la ternura. Y quizá necesitamos mirar nuevamente a tantas mujeres que, desde el Evangelio hasta nuestros días, nos han enseñado que se puede tocar la fragilidad humana sin humillarla; se puede acompañar el dolor sin apropiarse de él; se puede ser fuerte sin prepotencia.
Reconocer que hombres y mujeres tienen la misma dignidad, los mismos derechos y una igual capacidad para participar en la vida social no significa, necesariamente, negar que existan rasgos, sensibilidades y maneras de relacionarse con los demás que aparecen con particular fuerza en cada uno. Las diferencias entre ambos son una riqueza.
Y hay una que merece ser reivindicada sin complejos: la ternura femenina.
No estoy hablando de una etiqueta o un prejuicio. Tampoco de afirmar que toda mujer tenga que ser tierna, maternal o cuidadora, ni de negar que los hombres puedan ser profundamente tiernos.
Hablo de reconocer una realidad humana que, en innumerables mujeres, se manifiesta de una manera particularmente profunda: la capacidad de acoger, cuidar, acompañar, consolar, proteger y permanecer cerca del otro, especialmente cuando ese otro es vulnerable.
Y esto no es difícil de encontrar en el Evangelio. Si miramos atentamente la vida de Jesús, descubrimos mujeres ocupando un lugar extraordinariamente significativo.
Así, desde el comienzo aparece la mujer joven de Nazaret que acoge la vida de nuestro Redentor. Guarda acontecimientos en su corazón. Se adelanta a la necesidad de los demás en Caná. Y, sobre todo, permanece fiel junto a la cruz. Mientras el dolor hace que muchos se alejen, María está allí. Y esa permanencia dice mucho de la ternura. Encontramos a las mujeres que acompañan a Jesús y que permanecen incluso hasta el momento de la cruz. También, recordamos a aquella mujer que derrama perfume sobre Jesús; expresando con su gesto de amor, lo que las palabras quizá no podían expresar.
María Magdalena está allí cuando parece que todo ha terminado: llora, busca y permanece. Será la primera testigo del Resucitado.
No es un detalle menor que sean mujeres quienes emergen como protagonistas principales en acontecimientos decisivos de la historia de la salvación acompañando a Jesús.