La dieta mental en tiempos de la campaña política

El lente del psiquiatra

Fecha de publicación:

Fecha de modificación:

Y se nos viene una nueva campaña política, casi sin darnos cuenta, casi como si la última hubiera sido ayer. Pero claro, aunque cada una de ellas ha tenido sus particularidades, la de esta ocasión nos plantea una serie de retos personales específicos: ¿cómo vivir el proceso democrático, aportando, sintiéndonos parte del sistema, pero sin perder la paz durante todos estos meses?, ¿qué podemos hacer en medio de un ambiente polarizado, de blancos y negros, en ocasiones extremista?, ¿a cuáles estrategias podríamos recurrir considerando que la tecnología, incluida la inteligencia artificial, jugará un papel protagónico en los próximos comicios?

En la columna de este medio del primer viernes de marzo de este año publiqué un artículo titulado La dieta mental. En él describía la necesidad de definir con consciencia qué le damos a nuestro cerebro a través de la elección de nuestras relaciones afectivas, de las interacciones con otras personas, de la información a la que nos exponemos en las noticias o en las redes sociales; en fin, cómo podemos identificar lo nutritivo o lo nocivo y tomar una acción al respecto. Es una comparación con lo que hacemos cuando queremos alimentar nuestro cuerpo con comida sana, tomando la decisión de alejarnos de lo que resulta dañino. 

Pues bien, queramos o no, en los próximos meses nos veremos salpicados por la carrera electoral para ver quién alcanza la presidencia y quiénes serán elegidos como diputados entre 2026 y 2030. 

Conviene reconocer que a través de los discursos políticos previamente definidos y de las estrategias tecnológicas, se nos intentará polarizar aún más; el mensaje de o se está conmigo, o se está en mi contra es algo a lo que se le puede sacar ventaja. Ante este escenario, toca aceptar que esto posiblemente así suceda: tanto los entusiastas como los apáticos serán parte del bombardeo mediático del que hoy en día resulta imposible escapar. Y todos podríamos pagar un precio emocional. 

Ahí viene uno reto aun mayor: a través de acciones automáticas que se volvieron parte del día a día –como usar de forma persistente las redes sociales– nos vemos y veremos expuestos a muchos mensajes, quizás violentos en una gran cantidad de los casos, tendientes a que asumamos una postura ante los candidatos. Esto incluso podría incluir estímulos para que nos volvamos apáticos y evitemos ir a votar (específicamente dirigido a edades o grupos que apoyan poco a un determinado candidato). 

En general, el contenido que se recibe sin haberlo elegido conscientemente nos hace perder el control de lo que consumidos: somos receptores pasivos, sin toma de decisión. Es como llegar a un restaurante y que le sirvan lo que el mesero –o el algoritmo, en este caso– desee; quedaríamos entonces más expuestos a determinados mensajes, en particular si lo recibimos a través de recursos audiovisuales.

En la medida de lo posible escojamos cuáles fuentes queremos que nos ayuden a formar nuestra opinión, idealmente de forma escrita porque así tendremos las pausas necesarias para asimilar lo que nos llega; además, en este caso no existiría un sistema que anticipadamente decida por nosotros a qué nos expondremos. Definamos los horarios en que recibiremos la información –no simplemente escroliando de forma automatizada–: así podremos disponer de un tiempo con calma, libre de un bombardeo de estímulos, con la intención de razonar mejor el contenido de lo que nos llega e identificar cuando estamos siendo parte de estas dinámicas. Aunque está muy arraigado en nuestra cultura, considero que no conviene comer –desayunar, almorzar o cenar– mientras vemos los noticieros del día porque se paga un doble precio: el estado de alerta afecta nuestra digestión, y, además, aumentamos la dosis de esta información sin freno.   

Incluyamos fuentes que piensan distinto a nosotros –idealmente que sean respetuosas–, para no quedar encasillados en lo que precisamente promueve la tecnología y que termina por reafirmar nuestras propias creencias, perdiendo así la oportunidad de escuchar puntos de vista distintos. Esto, por supuesto, también se puede dar a través de interacciones con otras personas. Ahí el ejercicio, más que intentar convencer, es el de realizar una escucha sincera, detectando el malestar que se nos puede generar cuando hay una posición contraria a nuestra forma de ver las cosas; estoy seguro que esto nos permite llevarnos más información para fomentar nuestro propio criterio sin entrar en discusiones que polaricen más. Estemos claros: la información violenta, extrema, nos hace daño, terminamos pagando un precio por ella. 

A quienes tienen familiares que son adultos mayores, personas que muchas veces son susceptibles a creer sin filtro las informaciones que reciben a través de sus dispositivos electrónicos, con amor y empatía, hablémosles de estos peligros, y apoyemos estas acciones aquí mencionadas. Compartámosles este artículo. Ellos, quizás, se beneficiarán.

Querido lector, querida lectora: disfrutemos el proceso democrático. Vivámoslo con compromiso, vayamos a votar, pero con pleno uso de nuestras facultades, protejámonos, cuidémonos, definamos a qué nos exponemos y a qué no, y así, por un tiempo, sometámonos con consciencia a un breve periodo de esta dieta mental especial: el periodo electoral no es –afortunadamente– para siempre. Quizás no gane nuestro partido político, pero sí que está en nuestras manos preservar nuestro bienestar personal.