La democracia se construye y se cuida

Gloria Bejarano Ex primera dama de la República.

Recién había cumplido la mayoría de edad, cuando fui convocada como miembro de mesa, en las elecciones presidenciales de 1970 en la Ciudad de México.  Mi interés por el proceso era nulo, por cuanto el resultado electoral era totalmente predecible: el triunfo del PRI era inevitable… entonces… ¿para que ir a votar?

Mi padre escuchó mi desencanto y tan solo me pidió no faltar a mi deber ciudadano con la promesa que después de proceso nos sentaríamos hablar.  A mi papá no le podía decir que no, cumplí con mi deber y descubrí algo que verdaderamente me impactó… el voto, al menos en esa urna, había favorecido en forma mayoritaria al PRI, pero eso no era todo, me sorprendió también que había quienes habían votado por Cantinflas y otros personajes ficticios… no sé si en señal de protesta, por impotencia o simple irresponsabilidad.

Llegué a casa, un tanto contrariada, había confirmado el triunfo del PRI, pero también me di cuenta de que muchos no tomaban en serio el proceso y por supuesto ese fue el tema de conversación con mi papá, quien escuchó con atención mis observaciones.  Tras un corto silencio, me felicitó por haber ido a cumplir con mi deber y solo agregó:

“Ve mi hijita, la democracia no se construye sola ni se sostiene si los ciudadanos no se ocupan de ella, si no se responsabilizan y cumplen con sus deberes, si no se involucran.     Los pueblos que gozan de una democracia plena son aquellos que por años han tenido la capacidad de construir y reconstruir a sus instituciones y que a pesar de sus errores y discrepancias se ocupan juntos de renovarla y fortalecerla, de elegir libremente sus representantes, de respetar las diferencias y cuidar las libertades…. el día que todos entendamos esto, tendremos una mejor democracia.”     Lo vi con incredulidad y le dije … “Papá, suena muy lindo… pero un tanto utópico, al menos en nuestra región”.  En ese momento América Latina, casi en su mayoría vivía bajo la dictadura.

Dos años más tarde llegaba a vivir a Costa Rica para descubrir que la democracia no era una utopía en América Latina… comencé a recorrer este país, a conocer a su gente y recordé las palabras de mi padre… este era un pueblo que cuidaba de su democracia, que se involucraba en los procesos electorales, que se organizaba para llevar a sus candidatos a ver las necesidades de sus comunidades y juntos buscar respuestas, que se preparaba como miembros de mesa sin otra motivación que la de servir a la consolidación de la democracia, que desde pequeños colaboraban en las urnas como guías, iniciando así su formación política.   Conocí ciudadanos que lo mismo asistían a seminarios para adentrarse en la ideología de su elección, que realizaban censos o cocinaban para el día de las elecciones, todo en forma voluntaria. 

Era impresionante como los partidos realizaban congresos ideológicos en los que se estudiaba la realidad nacional y se proponían soluciones a los problemas.  De ahí surgían las propuestas con que se iba a los debates y se elaboraban los programas de gobierno.  Los candidatos se enfrentaban con respeto, confrontaban ideas y proponían soluciones conjuntas. Los partidarios, por su parte, aprendían de los debates para tener argumentos y no insultos con que convencer a los indecisos…y ¡salían a votar!  Sí, este era el país que tenía la mejor democracia de toda América Latina, así lo reconocían en el mundo mientras el tico… el tico se enorgullecía y cuidaba con celo sus procesos electorales apoyados por sus instituciones.

La construcción de la democracia nace de la vocación de un pueblo que ama la libertad, que valora el respeto a sus derechos, que cree en la libertad de expresión y pensamiento, la confrontación de ideas y la sana crítica; que entiende la importancia de la división de poderes, de los pesos y contrapesos, de los límites al poder y que el cumplimiento de la ley garantiza el orden, la justicia y la paz de una nación.

Así fue como aprendí a respetar y querer a este pueblo que me enseñó que la democracia no es una ilusión y que es posible construirla y mantenerla viva en tanto los ciudadanos la amen lo suficiente como para cumplir con sus deberes ciudadanos, entre ellos, salir a votar responsablemente.