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Jesucristo nos expresa con total claridad: “El que quiera venir conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga.” (Mateo 16,24). Seguirle conlleva poner nuestros pasos en sus huellas, superar nuestro egoísmo, tomar nuestra cruz y dar la vida por amor. Es ilusorio querer ser su discípulo rehusándonos a cargar la cruz con él. Antes que profundizar en este misterio, los hombres y mujeres de nuestro tiempo, por distracción o conveniencia, obviamos esta condición acerca del seguimiento cristiano. “Un cristianismo sin cruz es mundano y se vuelve estéril.” (Francisco, 14 de setiembre 2021).
En el II Domingo de Cuaresma, san Pablo, con un tono de angustia y pesar, decía a los Filipenses: “Lo repito con lágrimas en los ojos, hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo: su paradero es la perdición; su Dios, el vientre; su gloria, sus vergüenzas. Solo aspiran a cosas terrenas.” (Cf. Filipenses 3,17–4,1).
Con plena convicción, el apóstol enseña “lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo” (Gálatas 6,14), reconoce que hay quienes se dicen “cristianos”, pero viven de una manera enemistada y hasta contraria a la cruz. La cruz no puede ser vista solo como un accesorio, materialmente hablando, “no reduzcamos la cruz a un objeto de devoción, mucho menos a un símbolo político, a un signo de importancia religiosa y social” (Francisco, 14 de setiembre 2021). Esto es desvirtuar su hondo sentido.
“No se trata de una cruz ornamental, o de una cruz ideológica, sino que es la cruz del propio deber, la cruz del sacrificarse por los demás con amor —por los padres, los hijos, la familia, los amigos, también por los enemigos, la cruz de la disponibilidad para ser solidarios con los pobres, para comprometerse por la justicia y la paz … No debemos olvidar jamás que “quien perderá la propia vida, la salvará”. Es un perder para ganar.” (Francisco, 19 de junio de 2016).
Las primeras comunidades cristianas a las que Pablo predicaba tenían claro que Jesús resucitó y vive, pero el Apóstol insiste en recordarles y recordarnos, que el Resucitado es el mismo que fue Crucificado. El “escándalo” y la “necedad” de la cruz radican en que, donde parece haber solo fracaso, dolor y derrota, precisamente allí, está todo el poder del amor ilimitado de Dios: “La necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres” (I Corintios 1, 25). La cruz es la fuente de un especial estilo de vida, por lo que para profundizar en este misterio debemos desistir de todo afán de superioridad y de toda seducción del poder pues, las “supuestas” seguridades humanas no dan sentido a la existencia.
En contraste, será en la cruz, a saber, en la elección voluntaria de donación total, donde podemos encontrar nuestra fuerza y nuestra sabiduría.
Pidamos al Señor esa fortaleza y empeño inclaudicable para cargar nuestra propia cruz. No podemos andar por el mundo, asumiendo antivalores culturales mundanos y llamarnos sin empacho, discípulos suyos.
Desde la cruz el Señor nos anima a confiar, con su gracia, en poder perseverar hasta el final.
*Arzobispo Metropolitano