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Una vasija hallada en Isquia, Grecia, tiene inscrito un pasaje de La Ilíada. La vasija data del año 720 a. C. y se le ha dado el nombre de la copa de Néstor, nada menos, el valiente guerrero griego en Troya. Pues la copa es un indicio de que la obra de Homero ya había sido consignada por escrito allá por el siglo IIIV a.C. Imaginen, ya en ese tiempo se podía leer La Ilíada y La Odisea, dos de las obras literarias más importantes de occidente. Su creador, de quien sabemos casi nada, se llama Homero, y se ha insistido que era ciego, de origen noble, aunque no se determina aún de qué lugar de la antigua Grecia viene. Quíos es el lugar que con más frecuencia se da por su ciudad natal, pero todo está perdido en el tiempo del lejano siglo IX a. C. Solo sabemos que sus héroes, heroínas y dioses han conmovido al mundo desde entonces.
Según Harold Bloom, académico de Harvard, lo escrito nos ha dado forma poco a poco. Sí, como el viento y la lluvia a la roca, lo escrito determina nuestros juicios desde Homero hasta los textos más recientes sobre género y calentamiento global. Y entre esos escritos los homéricos son los más antiguos por explicar la manera en que actuamos estos que conformamos el género humano. Bloom incluye, además de Homero, a La Biblia, las tragedias griegas, el teatro de Shakespeare, La Divina Comedia de Dante y el bueno de Don Quijote. Hay algo de todos nosotros en cada una de estas grandes obras y hay algo de todas ellas en nosotros. Son como el ADN de nuestras conciencias, aún si no las hemos leído. Porque igual seremos juzgados con las mismas palabras e ideas de aquellos personajes.
En fin, amigos, si me acompañaron hasta acá, cosa que agradezco, todo esto es para contarles que he visto, pegado al sofá, la nueva versión de La Ilíada que realizaron los ingleses en una producción de Netflix: Troya, caída de una ciudad. Y ahí estaba yo muy molesto en los primeros episodios diciendo cosas como ¡qué ocurrencia! o ¡eso no es así! Hasta que la vieja historia de Homero fue agarrándome de las orejas y tomando una vez más toda mi atención, porque nada llama más la atención que una historia bien contada. Y, vamos, eso es lo que hace que Homero sea Homero. Y el drama de Troya ganó a mi persistente espíritu crítico y me dijo: callate y poné atención. Y vi a Príamo y su Hécuba, a Clitemnestra y su Agamenón, a Patroclo y su valiente Aquiles, a Héctor y su Andrómaca y su pequeño Astianacte, a Helena y sus Menelao y Paris, a Odiseo y su Penélope, y al único troyano sobreviviente de aquella guerra infame: Eneas, quien luego protagonizará La Eneida en la pluma del gran Virgilio.
Decía Borges que todas las historias son siempre las mismas en muchas formas y narraciones, la historia de la ciudad sitiada y la del regreso a la ciudad natal. ¿Lo ven? Homero mismo.