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“Andar como un ajito”, así le pedían hace ya muchos años a los caballeros que salían a la calle. Aquello implicaba pulcritud y esmero -no elegancia ni atención a la moda-. Era una actitud antes que un deseo de aparentar. Para los “cromos” había otros conceptos como “catrín”, “figurín”, “palomo” o el celebérrimo “fachento”. Quien atendía la voz de la sabiduría sabía que había que andar bañado, planchado, y bien peinado. También, muy importante, con los zapatos limpios. Quien andaba como un ajito se lavaba los dientes, olía a agua de colonia, y usaba pañuelo de tela en la bolsa trasera del pantalón.
Algo parecido se decía de las ciudades, a las que se les llamaba “tacitas de plata” por su belleza pero también por su orden, limpieza, modestia y capacidad de acogida al visitante. Quito, Merida en Yucatán, Salvador de Bahia en Brasil por ejemplo, eran “tacitas de plata”, encantadoras sin necesidad de competir con la Ciudad de México, Lima, o Rio de Janeiro en grandeza y sofisticación material. Ninguna de las ciudades de Costa Rica estuvo en esa categoría. Sin embargo, quienes las describieron en el siglo XIX y principios del XX se sorprendían por la armonía arquitectónica de la capital, por el Teatro Nacional, y por la cercanía de la gente, incluidos los presidentes, a quienes se veía con frecuencia caminar como cualquier vecino, sin escolta, pompa ni circunstancia, por las calles de San José.
Contrástese aquello con el embrollo actual, caracterizado por el desastroso estado de nuestras calles, barrios y ciudades, convertidas en espacios sucios, ruidosos, inseguros y sobre todo caóticos. Lugares en donde uno no sabe si va o viene, dominados por el descuido y la indolencia, saturados de basura y sin más estética que la de algunos rincones todavía libres de grafitis, bolsas de basura reventadas cuyo contenido termina en las alcantarillas, y adonde todavía sobrevive a duras penas uno que otro parquecito acogedor.
No se trata de ser nostálgicos. No todo tiempo pasado fue mejor. Pero cuando se miran los “nidos de zorro” que adornan los postes de la luz eléctrica, verdaderos monumentos a la pereza y al ‘m’importa a mí”, o las cloacas a cielo abierto en que se han convertido los ríos de la GAM, para no decir la acumulación de basura que literalmente alguna gente descarga en las aceras, uno se percata que hay algo más que malos servicios públicos. En efecto, aunque nos guste mucho echarles la culpa a las municipalidades y a otras instituciones, lo cierto es que todo este berenjenal también refleja un estado mental y anímico que deja mucho que desear. El irrespeto a las normas, la indiferencia ante las personas con discapacidad que “torean” los obstáculo que bloquean las aceras, la desconfianza entre vecinos y la violencia en las carreteras y hogares, son síntomas de otro fenómeno: la “chambonada”, que no es otra cosa que hacer las cosas mal y con tardanza, motivados por la falta de solidaridad y la ley del menor esfuerzo.
Claro, el deterioro de nuestra convivencia, hoy dominado por pachucos y fanáticos, no ayuda a mejorar las cosas. Pero hagámonos un examen de conciencia. Al “chambón” lo llevamos dentro tenemos que dominarlo cada cual haciendo un esfuerzo individual y permanente. Es la única manera. El frío no siempre está en las cobijas, y si nos sentamos a esperar que todo lo arreglen otros, nadie lo arreglara y todas y todos terminaremos pagando la factura.