La carta pastoral colectiva 2026

Luis Guillermo Solís Rivera Expresidente de la República

Hace pocas semanas la Conferencia Episcopal de Costa Rica, integrada por los obispos católicos de nuestro país, divulgo  su “Carta Pastoral Colectiva 2026”, un opúsculo de 52 páginas que recoge las orientaciones doctrinales y la visión de la Iglesia local sobre la realidad nacional.  Conviene matizar esta última frase, pues tales orientaciones forman parte de un cuerpo universal que ha sido bastante inmutable en muchos aspectos, pero que se refresca con las lecturas propias de nuestro contexto, lo cual dota al documento de una actualidad innegable.

Subrayo lo obvio. Este es un documento eclesiástico, es decir, religioso, no laico.  Además, como ya se dijo, fue preparado por la más alta instancia de la Iglesia Católica costarricense de forma colectiva.  Lo digo para que nadie se sorprenda y espere, al leerlo, que allí se va a encontrar algo que no es, pues la Carta contiene aspectos centrales de un debate en curso en donde cada cual, católico o no, creyente o ni, tiene posiciones que no necesariamente coinciden con la de los señores obispos.  Ello ni invalida ni desmerece el texto: más allá de cualquier discrepancia, la Carta da luz de forma integral y coherente, a una serie de temas capitales para la agenda nacional.  Y en ese punto, la voz magistral de la Iglesia Católica resuena claro, fuerte, y sin ambages.

El subtítulo de la carta explica, por si solo, mucho del contenido del pronunciamiento episcopal: “la paz este con ustedes”.  Alude claramente al saludo del Señor Resucitado a sus discípulos, temerosos y sobrecogidos, el día de Pascua.  Y a punto seguido, coloca uno de los mensajes principales del documento, “(…) Hoy los signos de muerte y violencia de los que somos testigos y victimas, tanto en el mundo como en Costa Rica, podrían también generarnos temor e incluso un miedo paralizante. Los inéditos escenarios de crueldad y el dolor a los asistimos provocan inquietud y exigen de los cristianos un sincero discernimiento de los signos de los tiempos para iluminar la realidad desde el Evangelio”.  “Compartimos”, dicen los obispos, “(…) una serie de reflexiones y orientaciones para no quedarnos encerrados por el miedo sino asumir con valor, fe y esperanza los desafíos de la Costa Rica de nuestro tiempo desde el Evangelio de Jesucristo”.  El llamado a la acción no puede ser más claro, oportuno y contundente.

Y a partir de ahí, la Iglesia Católica asume las banderas que se han ido quedando escondidas en Costa Rica tras un silencio para nada inocente, fruto del miedo, sí, pero también de un comodidoso pragmatismo; cuando no, asimismo, de la complicidad con los abusos del poder y del populismo que han sido muchos y feroces. En ese marco, retoma los fundamentos teológicos y cristológicos de la supremacía de la paz, del llamado a la justicia y la igualdad, la obligatoriedad del cuido de la “casa común” en la perspectiva del inolvidable Papa Francisco y sobre todo, el rescate del mandamiento que Jesús nos enseñó: amar al prójimo como a nosotros mismos.  En tiempos de materialismo y consumismo suicidas, en horas oscurecidas por el predominio de la guerra brutal, en una época en donde se ha ensombrecido el camino por el fanatismo y la exclusión que otorgan a la prosperidad un valor superior a la humildad y a la frugalidad, el llamado de los obispos costarricenses no puede pasar inadvertido.  

Y tampoco su demoledora convocatoria a retornar a  la cultura política nacional: “¡Vivamos en el respeto, el dialogo y la amabilidad! ¡Dejemos atrás la malacrianza! (…) ¡Alégrense!  El presente, siempre será un tiempo propicio para la alegría!”.

Luis Guillermo Solís Rivera

Expresidente de la República