
Sobre el asunto de someter a las universidades públicas a la regla o proyecto de ley de empleo público, es algo que ha vuelto a generar el grito al cielo de los sindicatos universitarios y de algunos catedráticos, principalmente. Entonces, han promovido una campaña entre los estudiantes para que se les unan y realicen todo tipo de manifestaciones en las calles, y ante instituciones del gobierno.
Ciertamente, la Constitución Política de Costa Rica, en su artículo 84 indica que: “La Universidad de Costa Rica es una institución de cultura superior que goza de independencia para el desempeño de sus funciones, y de plena capacidad jurídica para adquirir derecho y contraer obligaciones, sí como para darse su organización y gobierno propios…” Luego, el artículo 87 afirma: “La libertad de cátedra es principio fundamental de la enseñanza universitaria.”
En otras palabras, ese tipo de entidades deben gozar de libertad o autonomía de cátedra, pero en lo presupuestario no, dado que el mismo Fondo Especial para la Educación Superior (FEES) proviene del Poder Ejecutivo y es girado el dinero a través del Banco Central, según lo dispone el artículo 85 de la Carta Magna. Es más, el presupuesto debe ser vigilado por la Contraloría General de la República.
Pero si nos vamos a la libertad de cátedra, se puede decir que no faltan una serie de abusos que nadie controla ni denuncia, pongamos ejemplos. Quien les escribe fue estudiante en la Facultad de Bellas Artes de la UCR a mediados de los 80. En el grupo de materias opcionales (del bloque de Estudios Generales), debí matricular un curso de apreciación de cine, y algunas veces el profesor antes de iniciar la clase decía (parafraseo): ¿qué les parece si en lugar de dar la clase mejor vamos a comer pizza a algún lugar?, entonces todo el grupo de alumnos íbamos como “ovejitas detrás del pastor”, y en ese tiempo con una edad inmadura uno como estudiante obedecía.
Propiamente, como estudiante de Bellas Artes (en la Escuela de Artes Plásticas) puedo decir que la tónica común de mis profesores o profesoras de dibujo, pintura, diseño y escultura era llegar al inicio de cada lección y a los pocos minutos se desaparecían; quizás se iban a conversar con otros colegas, a tomar un café o a ligar con alguna joven bonita (en el caso de los varones); luego al faltar pocos minutos antes de terminar la clase regresaban. O sea, esos fulanos no estaban en toda la clase para dirigir o evacuar dudas a los estudiantes.
Luego, una muchacha me contó que, en uno de sus cursos en la UCR, la profesora asignada al mismo tiempo era diputada de la fracción del PLN en el periodo legislativo 1986-1990. Pero la cosa es que la diputada, por estar en sus enredos legislativos, casi nunca iba a dar las clases a la UCR, entonces la mayor parte del tiempo la clase la dio su asistente, claro, imagino que la señora catedrática siempre recibió el pago, de parte de la Universidad. Entonces, esas son las maravillas que se permiten en la libertad de cátedra que las paga el pueblo con el FEES. Además, esos profesores sin ética luego gozan de jugosas pensiones, con cargo al Estado.
En el manejo de activos de esas entidades se dan otros hechos, así, por ejemplo, en algunos planteles de vehículos de la UCR, basta ver ambulancias, microbuses, jeeps, pick up y automóviles en creciente deterioro, botados por una u otra razón, pero ¿por qué no los venden para repuestos o para ser reconstruidos por manos particulares? En otra universidad pública, algunos vehículos aun en buenas condiciones (que ya llegaron a su “vida útil”), simplemente están guardados en planteles y no se aceleran los trámites para venderlos a terceros. Pero si uno pregunta a ciertos funcionarios sobre el asunto, argumentan que son necesarios muchos trámites para poderlos vender.
En resumen, realmente, las universidades públicas son gobiernos sin gobierno, algo así como una anarquía. Pero sobre esta temática, usted estimado lector, saque sus propias conclusiones.