Jesús en Jerusalén

En la ciudad santa se celebra la fiesta de los Tabernáculos en recuerdo del Tabernáculo de la Alianza que acompañó a los israelitas en la travesía del desierto. La celebración coincide con el fin de las cosechas, especialmente la vendimia, lo que atrae a Jerusalén a cantidad de gente que la llena de bullicio y […]

El 54% de los reclamos de los oficiales son por montos menores a ¢60 mil.

En la ciudad santa se celebra la fiesta de los Tabernáculos en recuerdo del Tabernáculo de la Alianza que acompañó a los israelitas en la travesía del desierto. La celebración coincide con el fin de las cosechas, especialmente la vendimia, lo que atrae a Jerusalén a cantidad de gente que la llena de bullicio y júbilo.

Entre los llegados, destaca un grupo de galileos a quienes los judíos preguntan por Jesús en estos términos: “¿Dónde está aquel?”, lo que denota que era muy popular a nivel nacional. El evangelista san Juan recoge las siguientes reacciones: “Entre la gente se oían a muchos comentarios acerca de él. Algunos decían: “Es bueno”. Otros decían: “No, engaña al pueblo”. Pero nadie hablaba abiertamente por miedo a los judíos” (Juan 7,12). Por lo mismo, el propio Jesús se movía, más bien, en la clandestinidad, “no manifiestamente, como de incógnito” (Juan 7,10).

Ahora bien, durante la fiesta Jesús aparece en el atrio exterior del templo enseñando a un nutrido grupo que acudió al lugar. “Los judíos, nota el Padre Larrañaga, tanto los admiradores como los detractores, asombrados, exclamaban: ¿Qué es esto? Este hombre no ha estudiado en ningún Bet Ha-Midrash, ¿cómo sabe tanto? ¿De dónde le viene esta sabiduría? Otros decían: ¡Cuidado! No tiene autorización para predicar, porque no ha cursado estudios, ni ha obtenido diploma alguno; es un entrometido”.

Jesús es consciente de que carece de todo adoctrinamiento humano, pero cumple la voluntad del Padre al hablar en su nombre, con sus palabras y para su gloria. Usted puede leer Juan 7,16-18). Y por ello, es rechazado y hasta quieren matarlo. Y por eso también se crea la discusión sobre su persona y doctrina. Se crea la división, unos a favor, otros en contra. 

En el punto culminante de su intervención en el atrio exterior del templo, Jesús advierte a sus oyentes que le queda poco tiempo de estar con ellos, pues ha llegado la hora de irse al Padre que lo ha enviado, y cuya misión ha sido mostrarlo mediante palabras y milagros, invitar a la conversión de sus vidas y la formación de un nuevo pueblo de Dios con el establecimiento de su Reino en medio de ellos. Ahora se va, y ya será tarde para encontrarlo. Usted puede leer Juan 7,33-38; 8,21-24.

Partidarios y adversarios se preguntan por lo que declara Jesús de que se va. ¿A dónde? ¿A los no judíos, es decir, a los gentiles o paganos? ¿O se quedará en Israel, pero en lugar oculto? De alguna manera, Jesús les responde que se vuelvan a Dios, que se conviertan, que aún están a tiempo de alimentarse de su presencia y enseñanzas. Los seguidores reafirman su fe: “Este es sin duda el profeta”. Los contrarios reaccionan: “¿Acaso el Mesías viene de Galilea? ¿Qué dice la Escritura sobre el lugar de origen del Mesías? San Juan resume: “Se originaron, pues, discusiones entre la gente a causa de él. Algunos querían detenerle, pero nadie le echó mano” (Juan 7,43).

Hay que decir que, en este momento y enviados por los sanedritas, un piquete de guardias llega a apresar a Jesús. Pero también ellos pasan de la curiosidad a la admiración: “Jamás un hombre ha hablado como este hombre”. Y empieza la pugna entre guardias y sanedritas; los primeros en favor de Jesús.

Algunos más sensatos, como Nicodemo, recuerdan a unos y a otros que no se puede condenar a nadie sin antes escucharlo para conocer de quién se trata y cuál es su proceder.

En definitiva, Jesús es un claro signo de contradicción, por lo que es y hace.

Seguimos otro día, Dios mediante.