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Francia vive días de auténtico caos y convulsión social. Incendios en edificios públicos como el ayuntamiento de Limoges, miles de comercios saqueados, barricadas en llamas y enfrentamientos brutales que dejan miles de detenidos y policías heridos han arrastrado al país a un desbordamiento sin precedentes.
La escalada de violencia, detonada por movilizaciones contra el encarecimiento de la vida y el malestar estudiantil, obligó al primer ministro Sébastien Lecornu a decretar toques de queda parciales.
Sin embargo, el humo de las barricadas no solo evidencia una profunda fractura interna, sino que ha desatado un intenso debate ideológico sobre sus verdaderas causas.
Desde el exterior, figuras de peso político han vinculado el caos francés con las políticas migratorias europeas.
El presidente estadounidense Donald Trump reaccionó con dureza.
“¡Francia está en llamas! La inmigración de personas procedentes de un mundo totalmente diferente, personas con odio en el corazón, ha destrozado ese país”, afirmó, instando a “cerrar fronteras”.
En la misma línea, el primer ministro húngaro, Peter Magyar, sostuvo que la “violencia injustificable” en los saqueos justifica “las medidas más estrictas en materia de migración”, mientras desde España el líder derechista Santiago Abascal advirtió sobre el “islamoizquierdismo”.
En contraste, el análisis dentro de Francia apunta a dinámicas políticas de fondo e histórica fractura social. El presidente Emmanuel Macron rechazó estigmatizar a los migrantes y responsabilizó a “grupúsculos de extrema izquierda” y delincuentes.
Para la cúpula oficialista y sectores de la derecha local como Agrupación Nacional, el foco recae sobre activistas de ultraizquierda y grupos radicales como los black blocs.
Especialistas galos coinciden en que la violencia responde a un mosaico de rabias acumuladas que mantiene a una presidencia debilitada al límite a seis meses de las elecciones.


