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El Dios con el que se relacionó Jesús de niño y joven es el Absoluto, el uno y único Dios de Israel. En varios casos, como en Oseas 11,1-6, encontramos un atisbo del Dios de la ternura: “Yo enseñé a andar a mi hijo y lo levanté en mis brazos. Lo atraje con lazos de amor, con ligaduras humanas. Fui con él como quien alza una criatura contra su mejilla y yo me inclinaba hacia él para darle de comer”. Ese hijo, comprenderá el lector, es Israel, su pueblo elegido.
El Padre Larrañaga escribe: “Retomamos el hilo: ¿en qué sentido crecía Jesús en las experiencias divinas? Ya lo hemos dicho: Jesús, como verdadero israelita, vivió largos años aquella relación de adoración pasmada ante el Único y Eterno.
Veamos ahora cómo fue “pasando” a otra relación absolutamente inédita en Israel: la relación de confianza y ternura de un hijo muy querido para con un padre muy amoroso”. El punto de partida, según el mismo autor es este: “Jesús era un muchacho normal, pero diferente. Tendría entre 15 y 20 años. Cualquier observador sensible podría haber descubierto en él un extraño resplandor, como un invisible halo hecho de dulzura y fuego que lo envolvía como una túnica translúcida. Era como alguien que camina mirando hacia dentro de sí mismo; y todos decían que Alguien iba con él o que él iba con Alguien, igual que cuando desaparecen las distancias. Ya sabemos que los puentes unen a los que están distantes; y, en el caso de Jesús, la intimidad era la Presencia Total hecha de dos Presencias, o, dicho de otra manera, dos infinitas, consubstanciales Interioridades, volcadas hacia afuera y fundidas en un único abrazo”.
Esto previo, nada nos impide el imaginar a Jesús, joven maduro, buscar la soledad de la noche en una cumbre o descampado para orar a solas, es decir, unirse al Dios que en su interior percibe, no ya como el Absoluto, sino como el Padre de amor y de ternura. Y he aquí la nueva relación, relación de confianza y ternura de un hijo muy querido para con un padre muy amado”.
El Padre Larrañaga discurre así: “Dicen que el amor nace de una mirada, es un momento de olvidarse. Crece en la medida que aumentan los deseos de darse, y, finalmente, se consuma en el olvido total de un gozo recíproco.
Aquella noche, el Padre se abrió al Hijo sin medidas ni controles. El Hijo le correspondió plenamente, y, a su vez, se abrió enteramente al Padre. Los dos se miraron hasta el fondo de sí mismos con una mirada de amor. Y esa mirada fue como un lago de aguas profundas y claras en las que ambos se perdieron en un abrazo en que todo era propio y todo era común, todo lo recibían y todo lo daban, y todo se comunicaba en un inefable silencio, igual que cuando nos llegan melodías desde las estrellas.
Fijos los ojos del Joven en una estrella azul, tomadas y concentradas sus energías en el Foco de Amor que es el Padre, estallaron las emociones; el amor y la intimidad entablaron un duelo singular en el corazón ardiente del Joven, en el sentido de que cuanto mayor era el amor, mayor era la intimidad, y cuanto más alta la intimidad tanto más alto era el amor; y así, la velocidad interiorizante fue aceleradamente devorando todas las “distancias” entre el Hijo y el Padre; y, de esta manera, se consumó el duelo entre el amor y la intimidad, y los dos llegaron al éxtasis, la posesión, la quietud, la totalidad, la eternidad”.
Se trata de alusiones poéticas a un fenómeno que nosotros también podemos experimentar a nuestra medida: ir pasando, mediante la oración personal, silenciosa y honda, del Dios Absoluto que infunde respeto y veneración al Dios Padre que mueve a la cercanía, la confianza, la dulzura y el amor entrañable. Lo que, ni el caso de Jesús y menos en el nuestro, se va a dar de la noche a la mañana. Se necesitan días, meses y años para lograrlo y siempre con la ayuda de la gracia divina.
Aún he de volver al tema en un próximo escrito, Dios mediante.