Hace falta más que una campaña

De unos años para acá, es común oír hablar del tema del bullying, pues se ha propagado casi como una epidemia, apoderándose de los centros educativos y, a lo largo del tiempo, provocando que muchos jóvenes y niños abandonen los estudios.  En casos más graves, los afectados han tomado decisiones lamentables como atentar contra sus […]

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De unos años para acá, es común oír hablar del tema del bullying, pues se ha propagado casi como una epidemia, apoderándose de los centros educativos y, a lo largo del tiempo, provocando que muchos jóvenes y niños abandonen los estudios. 

En casos más graves, los afectados han tomado decisiones lamentables como atentar contra sus propias vidas, el acoso llega a tal punto, que desean abandonar este mundo y dejar atrás el dolor y el sufrimiento de una vida sin paz.

¿Que por qué no denuncian?, ¿por qué se quedan callados? o ¿por qué toman decisiones tan lamentables? El miedo, la vergüenza, la angustia, la frustración, la intranquilidad, el pesar y la zozobra le tapan la boca hasta al más valiente.

Además, no podemos obviar que en muchos hogares la falta de comunicación también provoca que las víctimas de acoso guarden silencio, sino hay canales abiertos con los parientes, estos nunca se darán cuenta de las vivencias de sus hijos, inclusive, podrían tildarlos de mentirosos, fantasiosos o algunos otros epítetos, es decir, en lugar de ayudarlos los hacen sentir peor.

Con el bullying lo que está muy claro es que continuamos en deuda con la juventud costarricense, pues a pesar de las múltiples campañas en contra de esta situación, todo hace ver que continúa en aumento y ya está comenzando a salírsele de las manos de las autoridades. 

Uno de los datos más alarmantes sobre el acoso en Costa Rica es que, de acuerdo con las estadísticas, entre el 70% y 80% de la atención que los psicólogos dan a los adolescentes con proceso de internamiento se relaciona con este problema. 

Otra cifra preocupante es que solo en el 2015 se detectó que, del total de suicidios en adolescentes, 21 estaban vinculados con el bullying, entonces nos preguntamos qué estamos haciendo como sociedad para permitir que estas personas sufran en silencio sin tener refugio, ayuda ni consuelo. 

El mayor mal que encaramos es que a cada rato anuncian campañas con bombos y platillos, sin embargo a la hora de la hora los resultados no son palpables, ni mucho menos dan verdaderas capacitaciones a los maestros y profesores para luchar con este flagelo. 

Además, hay que ser muy claros en que también existen muchos docentes que a como sea se quitan el tiro o se hacen los locos con tal de no involucrarse en un problema y prefieren obviar comportamientos de acoso con tal de evitarse los trámites que implica una investigación. 

Así las cosas, resulta contradictorio escuchar a las autoridades del Ministerio de Educación Pública indicar que los casos de violencia física y verbal han bajado entre el 2010 y el 217. 

De hecho, de acuerdo con el MEP, de 60.900 casos en el 2010, disminuyó a 33.415 en el 2017, sin embargo esto parece no coincidir con lo que sucede en la vida real, pues los medios de comunicación recibimos a diario gran cantidad de denuncias de situaciones anómalas de agresión que se presentan en los centros educativos. 

Los adultos somos los primeros llamados a ver situaciones anómalas que estén ocurriendo y buscar soluciones para evitar que más niños y jóvenes sufran por los acosos y abusos de otros compañeros. 

Pero la principal tarea que tenemos es que educar a nuestros hijos y todos los jóvenes que tengamos cerca para que aprendan a que nadie tiene derecho a ofender, denigrar, golpear a otras personas.

Lo importante es que busquen la ayuda de un adulto para solucionar el problema, convertirse en víctimas silenciosas no ayuda en nada y muchas veces termina en tragedia. 

Necesitamos más acciones que campañas, ocupamos un verdadero compromiso de parte del personal educativo, de los directores, de los padres de familia, pero también de los jóvenes que ven cómo sus otros compañeros actúan mal.

Recordemos que el silencio nuestro nos hace cómplices de todas estas situaciones anómalas, lo mejor es hablar, denunciar, pero sobre todo. dar acompañamiento a los niños y jóvenes de nuestros hogares.