Hace 50 años partimos de Quepos

Un 10 de diciembre de 1970, hace cinco décadas, nuestros padres y los hijos dijimos adiós al que fue nuestro “hogar” por muchos años, en los que seis de estos fueron consecutivos en la Zona Americana del ahora cantón, cuando en la vanette de la Compañía Bananera ofrecida por esta empresa para trasladarnos al aeropuerto […]

Un 10 de diciembre de 1970, hace cinco décadas, nuestros padres y los hijos dijimos adiós al que fue nuestro “hogar” por muchos años, en los que seis de estos fueron consecutivos en la Zona Americana del ahora cantón, cuando en la vanette de la Compañía Bananera ofrecida por esta empresa para trasladarnos al aeropuerto de Parrita desde el que despegaríamos en un bimotor de Lacsa hacia San José, bajamos por una de las dos calles de acceso a esa área en rumbo a esa estación de aterrizaje. El silencio y la incredulidad fueron los rasgos distintivos durante el viaje a ese aeródromo, con pensamientos y sentimientos a flor de piel, pero sobre todo llenos de nostalgia por los recuerdos, anécdotas, y amigos que dejábamos, así como por la expectativa incierta de lo que el futuro nos iba a deparar en la capital.
Aquella fecha fue la culminación de un periodo que inició en ese puerto del Pacífico en 1945 con la llegada de nuestros progenitores, él procedente de Guatemala y ella de Nicaragua, quienes habían contraído nupcias en este último país. Se establecieron en Quepos para labrarse un porvenir a la par de los vástagos que vendrían. Con su título de Tenedor de Libros, mi papá empezó a trabajar en la Standard Fruit Co. (y que posteriormente pasó a llamarse Compañía Bananera) como pagador, cuyo salario era bastante competitivo para la media nacional en el sector privado de entonces. Esa relación laboral se extendió por 25 años, tiempo en que los hijos crecimos y construimos lazos muy fuertes con las muchas familias que tratamos. “Castillito” y “Doña Marina”, primero, y sus hijos, luego, comenzaron a ser conocidos y aceptados en esa pequeña sociedad rural en donde todos nos conocíamos, incluyendo gente de las fincas bananeras (y luego más tarde dedicadas a la producción de aceite de palma africana) con la que mi padre se vinculó estrechamente debido a que su oficio comprendía adicionalmente ir a esos sitios para pagar la planilla. La simpatía hacia mis padres y los hijos se mantuvo no obstante la percepción clasista que existía entre algunos pueblerinos respecto de los que vivíamos en la Zona Americana (llamada así porque al principio, en los años 30, cuando se estableció la Standard Fruit en Quepos, fue reservado un cerro al oeste cerca del centro de este pueblo para que habitaran exclusivamente funcionarios estadounidenses de esa transnacional, amén de la oficina principal de la firma, una escuela privada y las áreas recreativas. Luego se permitió la residencia a personas de otras nacionalidades, que eran contratados para desempeñar cargos de nivel medio y alto.).
Época feliz, no exenta de preocupaciones por supuesto (v.g. la enfermedad grave de mami para cuyo tratamiento hubo que hospitalizarla en San José, o la fractura en una pierna de un hijo ocasionada por caerse de un árbol), que, sin embargo, fue truncada por la maledicencia de algunos personeros de la Compañía Bananera, que, en contubernio, intentaron despedir a mi padre sin los extremos laborales que le correspondía por ley. Quedar sin trabajo en aquel entonces en Quepos, y en donde las opciones de otros empleos allí o a la redonda para el tipo de formación que ostentaba mi papá eran escasas o nulas, significaba que debíamos salir de este lugar irremediablemente para ir en pos de mejores horizontes a la “gran ciudad”. Nuestro destino, una vez llegados a San José ese 10 de diciembre de 1970, fue el Barrio El Pilar, en Guadalupe, en donde alquilamos, y que continuamos con este estilo de pago en otros sitios de la capital (San Cayetano –en dos ocasiones- y San Francisco de Dos Ríos), hasta contar con nuestra propia casa, en Curridabat. Mientras todo eso acontecía y mi padre “empapelaba” empresas e instituciones públicas con su currícula para colocarse y finalmente emplearse y algunos hijos terminaban la escuela, iniciaban la secundaria, entraban o ya habían concluido la universidad o ingresaban a una modalidad técnica. Otros tenían trabajos o los conseguían. La familia se disgregó, matrimonios surgieron, el “árbol genealógico” se amplió, hermanos salieron del país tras el “sueño americano”, nietos y bisnietos alargaron la descendencia, trabajos y estudios se diversificaron, lugares de residencia cambiaron y también las vicisitudes de la vida de cada cual, sin dejar de mencionar el gran dolor por las muertes de mami, en 1998, de papi, en 2001, y de Sergio, en 2016. Todo eso y mucho más transcurrieron en estos 50 años desde que por los azares de la “vida”, tuvimos que interrumpir la seguridad y tranquilidad que nos prodigó ese terruño con miras a buscar un nuevo derrotero para la familia Castillo Martínez.

*Politólogo