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Habemus Papam. Con este anuncio supimos que el sucesor de Francisco había sido electo, pocas horas después de haberse iniciado el cónclave.
Algunos esperaban que el proceso durara más tiempo; otros intuían que la escogencia sería rápida, por cuanto la mayoría de los cardenales tenía afinidad con el Papa anterior.
Lo cierto es que fue electo un hombre que también ha preferido seguir usando sus viejos zapatos negros, esos con los que ha recorrido las polvorientas calles de los pueblos americanos.
Qué difícil, sin embargo, llenar las expectativas de millones de creyentes que esperan que siga caminando sobre las huellas que dejó su antecesor.
Es cierto que los caminos de Francisco y León XIV han sido construidos casi en forma paralela, bajo los mismos principios, con la misma empatía y vocación por los pobres.
La sencillez y humildad que caracteriza a ambos hace que las personas tiendan a esperar del Papa peruano un comportamiento similar: el mismo tipo de decisiones, la misma actitud frente a los retos. En fin, se espera que sea la continuación de Francisco.
Hay retos que se heredan, y veremos cómo el nuevo Papa los enfrenta, pero no necesariamente deberíamos esperar que siga la misma línea de su antecesor.
A pesar de las grandes coincidencias, cada uno ha tenido sus propias vivencias, experiencias y convicciones, que influirán en cómo ejerza su liderazgo en la defensa de los derechos humanos, la situación de los migrantes, la dignidad humana o la pobreza.
La elección de su nombre, sin embargo, nos da un indicio.
El Papa León XIV hereda de Francisco un mundo en el que la proliferación de los conflictos armados se agrava; las políticas migratorias se han convertido en un tema urgente en América, Europa, Medio Oriente y África; y el fortalecimiento del diálogo interreligioso resulta impostergable. Recordemos, además, que si bien la Iglesia carece de ideología y no participa directamente en política, el Vaticano ejerce una enorme influencia global.
El Papa, como jefe de Estado del Vaticano, es el líder religioso de 1.400 millones de católicos, y sus redes diplomáticas tienen peso en numerosos conflictos internacionales.
Su Santidad, el Papa León XIV, asume su pontificado en un momento difícil, en el que el fortalecimiento de la unidad de la Iglesia a nivel mundial es, tal vez, el mayor de los desafíos.
La polarización que vive la humanidad también se manifiesta en las distintas corrientes de pensamiento dentro del catolicismo, y el Papa deberá no solo enviar una señal de unidad, sino también atender esas visiones diversas y unificarlas alrededor de las enseñanzas de Cristo.
Sabemos que Francisco puso en marcha una serie de reformas que generaron tensión al interior de la Iglesia, pero que también abrieron las puertas para que los feligreses, especialmente los más jóvenes, sintieran un mayor acercamiento, una mejor comprensión de su realidad y una empatía profunda con sus necesidades, una mayor apertura. León XIV hoy se encuentra ante el reto de continuar promoviendo esos cambios y, con ello, acercar a las nuevas generaciones.
Podrían seguir enumerándose los temas que deberá enfrentar este hombre, quien desde un principio nos ha dado señales de que seguirá por la senda de su antecesor.
No fue fácil para Francisco, como no lo será para ningún Papa.
La responsabilidad de guiar los destinos de la Iglesia exige dotes extraordinarias en un hombre al que se le pide sencillez, humildad, empatía, sabiduría, conocimiento, capacidad de gobernanza y habilidad para guiar e inspirar a millones de fieles alrededor del mundo, entre otras cualidades.
Y él, posiblemente, lo único que pide de nosotros es una oración, para que el Señor lo ilumine y le permita cumplir con nuestras expectativas y con el deber que le ha sido encomendado por Dios.
Habemus Papam. ¡Oremos por él!