
Revisar lo que otra persona escribe o lee en su celular no es una “curiosidad inocente”, sino una forma de violencia digital y psicológica que vulnera derechos fundamentales como la privacidad, la autonomía y la dignidad humana.
Así lo advirtió Tatiana Cartin, docente de Psicología de la Universidad Fidélitas.
La especialista explicó que espiar el teléfono de una pareja, familiar, amistad o colega de trabajo, especialmente cuando se trata de una conducta reiterada, trasciende la invasión de la intimidad y se inserta en dinámicas de control coercitivo.
“No se trata de hechos aislados. La literatura especializada señala que el espionaje digital puede formar parte de un patrón sistemático de abuso y control”, señaló Cartin, citando estudios.
Desde el punto de vista legal, esta práctica puede constituir un delito bajo distintas normativas del país, entre ellas:
Además, la Ley General de Protección de Datos Personales (N.° 8968) protege las comunicaciones privadas y refuerza el carácter inviolable de la información personal.
A nivel ético y de derechos humanos, fisgonear un celular viola principios como la autonomía individual, la confidencialidad y la dignidad humana, consagrados en la Declaración Universal de Derechos Humanos y la Convención Americana sobre Derechos Humanos.
Las secuelas para quienes sufren este tipo de invasión van más allá de una molestia pasajera.
“Se genera un ambiente de desconfianza, miedo y humillación. En algunos casos, la persona afectada puede desarrollar síntomas de trastorno de estrés postraumático, perder la autoestima o aislarse socialmente”, advirtió Cartin.
Este tipo de violencia suele presentarse en relaciones de pareja marcadas por celos y control, pero también puede darse en entornos laborales o familiares, afectando especialmente a adolescentes y personas jóvenes.
La docente alertó sobre frases como “si no tiene nada que esconder, no debería molestarse”, las cuales contribuyen a normalizar estas conductas.
“Este discurso traslada la culpa a la víctima y refuerza dinámicas patriarcales de subordinación y control, contrarias a los principios de equidad y respeto”, enfatizó.
Para enfrentar esta problemática, la especialista recomienda:
Finalmente, Cartin hizo un llamado a reconocer las señales de alerta: celos excesivos, inseguridad, necesidad constante de control y normalización de la vigilancia.
“La privacidad es un derecho, no un privilegio. Protegerla es clave para construir relaciones sanas y respetuosas en todos los ámbitos de la vida”, concluyó.


