Fila en el EBAIS

Me tocó hacer fila en la farmacia del EBAIS. Unas inocentes pastillas para el insomnio, porque la doctora cree que las que son menos inocentes podrían gustarme demasiado. En fin, que ahí llego a hacer la fila, teléfono bien cargado, libro debajo del brazo en caso de que no haya señal. Ventanillas despejadas. ¡Guau! ¡Qué suerte! Y cuando me acerco escucho risas. Muchas. Vuelvo a ver y en el rincón de la sala de espera hay gente riendo. Mucha gente.  - Don, la fila va acá. Por supuesto. ¿Cómo no iba a haber fila? Bueno, a hacerla. A eso vine. Me dirijo allá y me doy cuenta que el último banco que permite sentar a cuatro personas está muy pegado entre la pared y la banca de adelante. La sala está llena y un señor con una mochila roja es el último.   

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Me tocó hacer fila en la farmacia del EBAIS. Unas inocentes pastillas para el insomnio, porque la doctora cree que las que son menos inocentes podrían gustarme demasiado. En fin, que ahí llego a hacer la fila, teléfono bien cargado, libro debajo del brazo en caso de que no haya señal. Ventanillas despejadas. ¡Guau! ¡Qué suerte! Y cuando me acerco escucho risas. Muchas. Vuelvo a ver y en el rincón de la sala de espera hay gente riendo. Mucha gente. 

– Don, la fila va acá. Por supuesto. ¿Cómo no iba a haber fila? Bueno, a hacerla. A eso vine. Me dirijo allá y me doy cuenta que el último banco que permite sentar a cuatro personas está muy pegado entre la pared y la banca de adelante. La sala está llena y un señor con una mochila roja es el último. 

– Me quedo acá porque no quepo, voy detrás del señor de la mochila roja, dije. Hay disgusto. No, no, no, no. Uno de los inventos nacionales más preciados es hacer fila sentándose en cuarenta sillas calentadas previamente. De una en una hasta el final. Así es y así será por siempre. La gente de la fila no quiere a nadie diferente. ¿Cómo así? Si yo cupe usted cabe, parecen decir con la mirada. Bien. Me sentaré. No me voy a constituir en caso especial. Muy feo. Y me siento. Cada silla lleva un pequeño número atrás, cada banca de cuatro en cuatro, del uno al veinticuatro. Voy de 24. Bien. Las miradas se distienden. Hay tranquilidad. Todos somos iguales, caramba. Intento leer. De repente hay voces explicando la compleja metodología de la fila. 

– Ahí no. – Usted tiene que irse para atrás. – Le toca allá. Todas estas órdenes van dirigidas a un señor en medio de la fila. Éste mira confundido a la multitud. 

Se esfuerza por comprender y asiente. Se devuelve a la banca anterior. La agitación se calma. Alguien ríe agradecido de que aquel caballero ha comprendido. Después de unos minutos aquel fenómeno se repite con la siguiente parroquiana. Y es ahí donde comienzo a comprender la razón de toda esa agitación.  Seis bancas de cuatro pequeños asientos están dispuestas en la sala una detrás de la otra. 

Hay veinticuatro asientos todos numerados del primero al último. Pero hay algo mal. Los pacientes deben devolverse de una banca en medio de la sala a otra que está atrás. Es decir no avanza, retrocede. Y la gente está muy celosa de que ese orden continúe. 

La numeración escrita en el respaldar de la silla debe prevalecer. ¿Me explico? De la banca que contiene 5, 6, 7 y 8 se debe seguir a la banca que contiene 9, 10, 11 y 12. Pero esta banca está detrás de la banca que tiene los números 13, 14, 15 y 16. Las bancas han sido intercambiadas temprano, cuando ningún paciente estaba allí. ¿Una señora encargada de la limpieza sacó las bancas, limpió y luego las puso como pudo? ¿Un funcionario con un macabro sentido del humor hizo aquello? ¿O hay un correo de la administración que ordena la inversión numérica con un propósito que no comprendemos? Detrás del 12 sigue el 17, ¿me comprenden? Y del 20 sigue el 13. Sí. Tiene razón. No es tan fácil. Hace falta estar muy concentrado para que el orden cósmico siga su curso. De ahí tanta tensión. Por eso muchos de los  que esperaban en la fila habían dedicado toda su atención a que el orden se cumpliera. Nadie podía fallar porque la fila debía seguir la numeración. Pensé en decir algo así como 

– Levantémonos y cambiemos esa banca y recuperemos la cordura. Pero se trataba de levantar a mucha gente con dolencias que yo desconocía y para quienes esa pequeña revolución podía traer consecuencias tal vez graves. Resultaba peligroso. 

Mientras tanto esa agitación se repitió durante todo el tiempo que hice la fila. 

Yo mismo entré en el juego y estuve atento a la ventanilla para cuidar de que, una vez que el o la paciente frente a ella se alejara, la persona del espacio 12 no se fuera al 8 o que el de 13 no se fuera al 9. Requería de mucha concentración. Todos nos comprometimos tácitamente a seguir el orden de las cosas. A no permitir sugerencias entorpecedoras.  No. No debíamos permitirlo. En uno de esos movimientos alguien podía incluso saltarse con facilidad cuatro espacios. Imaginen. Cuatro espacios. ¿Cómo permitir eso? Por supuesto cerré el libro. Era necesario estar atento a que todos siguieran la numeración.

– Usted tiene que saltarse esa banca e ir a la de adelante, me oí decirle a una señora. Y así avanzamos de un asiento caliente al otro, todos muy concentrados en no cometer errores. 

A veces había risas. En otras las voces se exaltaban. Todos estábamos dispuestos a seguir la fila como debía hacerse. Y fue así que hice fila en mi EBAIS favorito con un gran placer. Quien tomó esa decisión tenía que saber lo que hacía.. 

Cuando el encargado de farmacia me ordenó que debía volver a las 3 de la tarde supe que no tenía que llevar libro alguno. 

– Ojalá haya fila, me dije sonriendo. 

 

* Director y profesor de teatro.

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