
La FIFA sacudió los cimientos del deporte con el anuncio de FIFA Forward Enterprise (FFE), una nueva entidad comercial destinada a centralizar la gestión de derechos de transmisión, patrocinios y venta de entradas.
Bajo el liderazgo de Gianni Infantino, el organismo busca atraer inversores externos para generar un fondo de 10 mil millones de dólares destinado al desarrollo global del fútbol en los próximos cuatro años, superando con creces los presupuestos actuales.
El plan contempla la entrada de inversores minoritarios, con una participación cercana al 20%, inicialmente liderada por el fondo Thrive Eternal (vinculado a Joshua Kushner, cercano a Donald Trump) y el banco de inversión J.P. Morgan.
Aunque la FIFA asegura que mantendrá el control exclusivo sobre la gobernanza y el calendario de las competiciones, la propuesta promete inyectar hasta 20 millones de dólares de capital directo a cada una de las 211 federaciones miembro, un incentivo económico difícil de rechazar para las naciones más pequeñas.
Sin embargo, la iniciativa desató una tormenta política y deportiva. La UEFA calificó el plan como una “línea roja” que nunca debería cruzarse, denunciando una falta de transparencia y criticando que se especule con la gobernanza del deporte.
A estas críticas se han sumado figuras como el ex-presidente Josepp Blatter y el primer ministro británico Andy Burnham, quienes sostienen que el fútbol pertenece a los aficionados que llenan las gradas y no a inversores privados.
Expertos financieros advierten que esta nueva estructura podría presionar para la creación de Mundiales de 64 equipos o torneos cada dos años, con el fin de satisfacer las expectativas de rentabilidad de los accionistas.
El proyecto, que muchos comparan por su magnitud con la fallida Superliga Europea, deberá ser sometido a votación en el Congreso de la FIFA en marzo de 2027, donde se decidirá si el deporte rey entra definitivamente en una nueva era de comercialización privada.