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Apodos, humillaciones, amenazas, chantajes, aislamiento e incluso destrucción de pertenencias pueden ser señales de violencia entre hermanos que pasan inadvertidas dentro de los hogares por considerarse parte de una relación familiar normal.
Así lo advirtieron María José Rodríguez Cruz, socióloga de la Oficina de Planes y Operaciones del Organismo de Investigación Judicial (OIJ), y Angie Obando Arroyo, psicóloga de la Sección de Apoyo Psicológico Operacional, durante el programa OIJ a tu servicio.
Las especialistas señalaron que este tipo de violencia no necesariamente se manifiesta mediante golpes o lesiones físicas y que algunas conductas pueden normalizarse desde la infancia bajo expresiones como “así se llevan” o “son cosas de hermanos”.
“Reconocer la violencia es el primer paso que tenemos que dar para detenerla”, explicó Rodríguez.
La socióloga enfatizó que uno de los principales errores consiste en relacionar la violencia únicamente con agresiones físicas.
Encerrar a un hermano, intimidarlo, humillarlo o provocarle miedo también puede generar afectaciones, aunque la víctima no presente ninguna lesión visible.
“La violencia no siempre deja marcas visibles. La violencia no necesariamente la reconocemos en moretones o en heridas”, indicó Rodríguez.
Estas experiencias, agregó, pueden provocar daños psicológicos que posteriormente se manifiestan durante la vida adulta y requieren atención profesional.
Las expertas recalcaron además que la violencia entre hermanos forma parte de la violencia intrafamiliar, pese a que esta última suele asociarse principalmente con agresiones de pareja o de padres hacia sus hijos.
Obando explicó que también resulta necesario diferenciar los conflictos normales que pueden surgir entre hermanos de una relación violenta.
Un desacuerdo o una pelea ocasional no necesariamente constituye violencia. La alerta aparece cuando comienzan a presentarse comportamientos abusivos relacionados con intimidaciones, amenazas, insultos, agresiones físicas, destrucción de pertenencias, control, aislamiento o chantaje.
La especialista señaló que también pueden presentarse situaciones de violencia sexual y patrimonial entre hermanos.
El problema, explicó, es que algunas de estas conductas terminan justificándose dentro del propio hogar.
Frases como “ellos son así”, “es un simple juego de niños” o “siempre se han tratado así” pueden contribuir a normalizar comportamientos que deberían recibir atención.
Las especialistas también advirtieron que estos patrones no necesariamente desaparecen cuando los hermanos crecen.
Comparaciones, favoritismos y diferencias en el trato de los hijos pueden alimentar sentimientos de competencia, resentimiento y hostilidad.
Durante la adultez, estas rivalidades pueden trasladarse a otros escenarios: quién tiene un mejor empleo, quién gana más dinero o quién recibe una mayor parte de una herencia.
Rodríguez recalcó que tampoco debe asumirse que el vínculo sanguíneo obliga a una víctima a mantener una relación afectiva con un hermano que la haya violentado.
“Usted no necesariamente está obligado a querer a un hermano que ha pasado abusando sexualmente de usted”, señaló al cuestionar la idea de que los lazos familiares deban mantenerse independientemente de las agresiones sufridas.
¿Qué pueden hacer los padres?
Entre las recomendaciones, las expertas señalaron la importancia de conversar regularmente con los hijos, prestar atención a sus comportamientos y establecer límites claros y equitativos.
También aconsejaron fomentar relaciones basadas en el respeto, enseñar a los menores a decir “no”, validar sus emociones sin justificar respuestas violentas y brindarles herramientas para resolver conflictos mediante el diálogo.
Rodríguez destacó además la importancia del ejemplo que reciben los menores dentro del hogar, pues no resulta coherente pedirles que no ejerzan violencia mientras los adultos utilizan agresiones para corregirlos.
Para quienes arrastran estos conflictos hasta la adultez, las especialistas recomendaron buscar ayuda profesional y dejar de considerar la atención psicológica como una señal de debilidad.