Fecha de publicación:
Fecha de modificación:
Lo que menos queremos en el mundo es levantarnos y vernos en un meme. Debe ser una impresión muy desagradable. Ahí está ese individuo, tranquilo, bebiendo su primer café de la mañana, sonriendo ante la vida, planeando sus tácticas para enfrentar el nuevo día y ¡santa virgen de las vírgenes! ahí está su cara en un meme, con las palabras que dijo ayer sobre el partido de fútbol, o la nueva ley de protección animal, o la situación política reciente. ¿Qué hacer? ¿Llamar a alguien? ¿Explicar? ¿Solicitar el retiro de aquello? El mundo se le viene abajo. ¿Por qué a mí?
Conforme pasan los minutos el meme se reproduce como la peste entre los muros de todos sus conocidos, en cada ocasión con comentarios más desagradables. Por supuesto el día se ha arruinado del todo. Nada podrá superar aquello. Aún cuando nuestro personaje niegue todo, amenace, elimine y bloquee amistades, el meme corre provocando carcajadas, frases ingeniosas, y, en el peor de los casos, insultos innecesarios.
El meme es el castigo de la posmodernidad. Ahí está. Anónimo. Es un enemigo invisible. Golpea donde más duele: en el ego de aquella persona que creyó que sabía manejar una situación y se le salió de las manos. Hace daño. El efecto pasará en unas horas, pero las consecuencias no se pueden medir fácilmente.
Pelear con un meme resulta ridículo. Es como pelear con la sombra. Nada le va a pasar y lo más que puede obtener ese alguien es lo que más teme, o sea: otro meme. Uno aún peor que sumado al anterior se reproducirá y ya sabemos todo lo que deviene. Es como arrancarse con dolor un grano, solo para que aparezca otra vez, pero de aspecto más feo. Ah, no quisiera yo estar en sus zapatos. Y el día apenas comienza. ¿Por qué dije eso? ¿Por qué fulano, que estaba a mi lado, no me pateó por debajo de la mesa para corregir aquella frase suelta ahí mismo? Desdecirte en aquel instante habría evitado este desastre. Es muy delicado. ¿Qué hacer?
Pues no mucho. Apechugar. Tragar grueso. Rezar para que aquello pase de moda pronto y que las consecuencias no vayan a ser muy graves. Si el premio final es importante se tendrá que vivir con eso para siempre como un lunar en la frente. Si el premio le fue asignado, pues se vivirá con eso sin grandes cambios, no ha resultado más que un mal rato. El meme lo ha expuesto a la opinión pública pero ya se, es lo que se ha querido ser. Si el premio es lo único que se desea y está en la lucha por obtenerlo, pues a besar más abuelitas, alzar más chiquitos, sonreír más ampliamente. Tal vez así lo pasen por alto.
Nuestra gente es ingeniosa. Ladina, sí, y choteadora, y baja pisos, pero ingeniosa, debemos reconocerlo. Y el meme es un invento que le cae como anillo al dedo. Es como tener un reflector enorme y apuntar la luz hacia el punto que se intentaba disimular. Ajá, te vi. Ahora verás. Y, zácata, el meme fue creado y publicado.
Las redes sociales contienen una buena parte de estas creaciones y ningún estudio científico hasta ahora puede medir sus alcances. Va a depender de la inteligencia de su creador, de su capacidad gráfica, de su lectura rápida y acertada de la situación. Y nadie se salva. Mucho menos aquellos que se han convertido en caras regulares en los medios. Un meme del vecino tirando la basura en la calle no va a provocar nada, pero un meme de un ministro haciendo lo mismo puede provocar incluso su caída. Esa es una de las reglas de esta creación del posmodernismo. El texto y la imagen le pertenecen a todos y sus interpretaciones, además de infinitas, producirán nuevos textos y nuevas imágenes. La creatividad deja de ser de los salones y los medios con patrocinadores y pasa a ser pública. Y si lo vemos bien, así ha sido siempre, pero las redes sociales dispusieron de esta herramienta, le dieron velocidad, inmediatez y libertad, por lo que parece haber nacido para quedarse.