¿Es respetable toda opinión? No, y es hora de hablar con claridad de ello

Opinión

Laura Fernández Delgado

Exministra de Mideplan y de Presidencia

En política como en la vida hay frases que suenan bien, pero que al analizarlas con cuidado se desmoronan. Una de ellas es esa que dice: “toda opinión es respetable”. ¿De verdad lo creemos? ¿En serio estamos dispuestos a poner en el mismo nivel una mentira y una verdad, una calumnia y un argumento, una injuria y una propuesta?

La respuesta es no. Y lo digo con firmeza: no toda opinión es respetable. Lo que sí debe ser respetado siempre es el derecho de toda persona a opinar, porque eso forma parte de los pilares fundamentales de una sociedad libre. Pero una cosa es el derecho a hablar, y otra muy distinta es pretender que todo lo que se dice merece validación o admiración, o que sea cierto.

Una opinión no se vuelve respetable solo porque alguien la exprese. Su respeto se gana como todo en la vida por su contenido, su coherencia, su vínculo con la verdad y su respeto a los demás. Cuando una persona miente deliberadamente, cuando distorsiona hechos para atacar o cuando recurre a la difamación como estrategia, no podemos ni debemos aplaudirlo como si fuera parte del debate democrático. Porque no lo es.

Esto es especialmente importante en la política, donde no se trata solo de ideas sino de consecuencias reales sobre la vida de las personas. Una premisa falsa, por más adornada que esté, no puede ser respetable. Si permitimos que la mentira tenga el mismo estatus que la verdad, estamos condenando al país al estancamiento moral y al caos institucional.

Yo he vivido en carne propia cómo se puede usar una opinión irresponsable para destruir reputaciones, desinformar al pueblo y sembrar desconfianza. Y no, no voy a quedarme callada ante esa injusticia. Porque cuando se manipula la opinión pública con datos falsos o con ataques personales, no estamos frente a un ejercicio sano de libertad de expresión, sino frente a una agresión disfrazada de debate.

Defender la libertad no es defender el libertinaje. La libertad de opinar conlleva también el deber de responder por lo que se dice. 

Si alguien miente, injuria o promueve el odio, no merece un lugar en la mesa del diálogo, sino una respuesta firme que defienda la verdad y la dignidad de las personas.

Respetar a todos como personas es un deber. Respetar todas las opiniones, no. El respeto no se regala, se gana. Y se gana con honestidad, con argumentos, con evidencias y con la intención genuina de construir. No con ruido, ni con odio, ni con cinismo, ni con acciones deliberadas para perjudicar la reputación ajena y favorecer con ello, los intereses de alguien.

Yo elijo construir. Yo elijo la transparencia, decir la verdad, aunque incomode. 

Porque un país no se levanta sobre falsedades repetidas, sino sobre principios firmes y un profundo respeto por la inteligencia de su gente.

Y eso incluye tener el valor de decir, alto y claro: no toda opinión es respetable. Lo que es respetable es el derecho a opinar. Y la verdad, esa sí, siempre merece respeto.

A las puertas de una campaña electoral, espero que impere la verdad y la justicia, que el calumniador y difamador responda ante tribunales y sea merecedor solo de repudio colectivo y que el pueblo de Costa Rica tenga el juicio para separar y distinguir la paja del trigo.